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Libertad anárquica y gobernanza algorítmica: fundamentos ético-ontológicos de la resistencia en
el biopoder digital
Anarchic Freedom and Algorithmic Governmentality: Rethinking Resistance
in the Age of Digital Biopower
Fernando A. Ramos Zaga
Universidad Privada del Norte, Perú
fernandozaga@gmail.com
Resumen: El avance de la gubernamentalidad algorítmica redefine los límites entre libertad y control al instaurar un poder que opera sobre la subjetivación mediante mecanismos predictivos. Este artículo analiza la noción foucaultiana de libertad anárquica como resistencia ontológica frente a la biopolítica digital. A través de una revisión genealógica del pensamiento de Foucault, se examina cómo la estadística transforma la relación entre poder y sujeto, reemplazando la represión por la modulación computacional de la conducta. Se argumenta que la libertad, entendida como práctica histórica de autoconstitución sin fundamento trascendental, emerge como alternativa ante la clausura ontológica generada por la automatización de la experiencia. El estudio concluye que sólo una ética de la contingencia, enraizada en la materialidad del cuerpo y la apertura del devenir, puede contrarrestar la lógica de codificación algorítmica. En consecuencia, se propone una relectura del pensamiento político centrada en la plasticidad ontológica del sujeto.
Palabras clave: libertad anárquica, biopolítica digital, subjetivación, poder algorítmico, Foucault.
Abstract: The advance of algorithmic governmentality reconfigures the boundaries between freedom and control by establishing a form of power that acts on subjectivation through predictive and automated mechanisms. This study examines Foucault’s notion of anarchic freedom as an ontological resistance to digital biopolitics. Through a genealogical analysis of his thought, it explores how the statistical production of life alters the relationship between power and subject, shifting from repression to computational modulation of behavior. The findings suggest that freedom, conceived as a historical practice of self-constitution without transcendental foundations, offers an alternative to the ontological closure imposed by automation. It is argued that only an ethics of contingency, grounded in bodily materiality and the openness of becoming, can resist algorithmic codification. As a result, the study proposes a reinterpretation of political thought focused on the subject’s ontological plasticity in the face of digital control.
Keywords: anarchic freedom, algorithmic governmentality, digital biopower, automated subjectivation, Foucault.
Recibido: 24 de diciembre de 2025
Aprobado: 21 de enero de 2026
Doi: 10.15174/rv.v19i38.877
Introducción
La expansión del régimen de gobernanza algorítmica ha transformado decisivamente la estructura del poder y las condiciones de posibilidad de la libertad. La racionalidad técnica contemporánea ya no se limita a organizar la vida social, sino que penetra en las capas ontológicas de la existencia, configurando los modos de ser y de pensar a través del cálculo y la predicción. En este horizonte, la autonomía racional que caracterizó a la modernidad se diluye en una lógica de modulación continua (Deleuze 5), en la que los algoritmos no sólo gestionan información, sino que producen realidad. La gubernamentalidad algorítmica (Rouvroy y Berns 165) se presenta, así, como una prolongación del biopoder foucaultiano, transformando la administración de la vida en una forma de control infraindividual que redefine la subjetividad desde la estadística.
La genealogía foucaultiana del poder ofrece herramientas conceptuales para comprender este desplazamiento histórico. El paso del poder soberano al biopoder marcó la transición de una política de la muerte hacia una economía de la vida, donde la existencia se convirtió en objeto de gestión (Foucault, Histoire de la sexualité I 183). Foucault redefine la libertad no como ausencia de poder, sino como práctica de autoconstitución en el interior de las relaciones de fuerza (L’éthique du souci 712). Dicha concepción, reelaborada por Butler y Marchart, introduce una noción de libertad anárquica que no se sustenta en fundamentos trascendentales, sino en la contingencia y en la capacidad de transformación inmanente del sujeto. Desde esta perspectiva, el análisis del poder algorítmico exige repensar la libertad no como derecho, sino como resistencia ontológica frente a la clausura tecnopolítica.
La investigación filosófica y política reciente ha abordado la relación entre tecnología, poder y subjetividad, pero persiste una brecha significativa en torno a las condiciones ontológicas de la libertad en el contexto digital. La mayoría de los enfoques actuales se centran en aspectos éticos o jurídicos, como la transparencia algorítmica, la privacidad o la equidad en la toma de decisiones automatizadas (Cohen 89; Mittelstadt et al. 5). Sin embargo, tales aproximaciones, al permanecer ancladas en la noción liberal del sujeto autónomo, no alcanzan a problematizar la transformación de la subjetividad en efecto del cálculo. Falta, por tanto, una reflexión ontopolítica que aborde la manera en que el poder algorítmico incide sobre la constitución misma del ser.
El objetivo general del presente artículo es examinar críticamente la noción foucaultiana de libertad anárquica como forma de resistencia ontológica frente al régimen de gobernanza algorítmica. El estudio propone articular una crítica filosófico-política del biopoder digital y de los procesos de subjetivación automatizada, con el fin de delimitar los fundamentos ético-ontológicos de una libertad no codificable en la era del cálculo. Su contribución radica en ofrecer una lectura que combina genealogía del poder, ontología de la técnica y ética de la existencia, para replantear la posibilidad de una vida libre en un contexto de automatización generalizada.
Genealogía del poder: de las sociedades disciplinarias
a la gubernamentalidad algorítmica
La comprensión del control algorítmico contemporáneo demanda situarlo dentro de una genealogía del poder que ilumine las transformaciones en los modos de gobierno de la vida. En tal sentido, la reflexión foucaultiana constituye un punto de partida esencial, pues permite comprender el tránsito desde el poder soberano, orientado al derecho de muerte, hacia el biopoder, centrado en la administración de la vida. A partir de esta perspectiva, resulta posible advertir que las tecnologías digitales de gestión poblacional inauguran una nueva fase histórica en la que la racionalidad del control se impone mediante la anticipación estadística de los comportamientos.
El análisis de las sociedades disciplinarias muestra que el poder moderno no se ejerce fundamentalmente por represión, sino por la producción de subjetividades normalizadas. Las instituciones de encierro y vigilancia generan sujetos dóciles y útiles, cuya conducta se regula a través del examen y el registro continuo (Foucault, Surveiller et punir 228). El panóptico benthamiano expresa el principio de visibilidad que induce la autovigilancia y, con ello, la interiorización de la norma. Asimismo, la disciplina produce cuerpos que responden a una anatomopolítica de la eficiencia, mientras el biopoder amplía su campo de acción hacia la población, administrando los procesos vitales mediante técnicas de gestión estadística (Foucault, Histoire de la sexualité I 183). La vida se convierte, así, en objeto de cálculo político y en materia de gobierno.
La transición hacia un nuevo diagrama de poder puede comprenderse a través de la idea de modulación continua, donde el control se ejerce sin necesidad de clausuras ni instituciones estables. La lógica de encierro cede ante mecanismos flexibles que actúan en tiempo real, desplazando el poder hacia los flujos de información y las dinámicas de variación incesante. El gobierno de la conducta ya no requiere muros ni jerarquías fijas, sino dispositivos que operan sobre datos en circulación. En consecuencia, la crisis de las instituciones disciplinarias no anuncia el ocaso del poder, sino su transformación en una red ubicua que ajusta las trayectorias vitales mediante modulaciones imperceptibles (Deleuze 5).
La noción de gubernamentalidad 1 algorítmica expresa el grado extremo de tal transformación, al designar un modo de gobierno basado en la correlación automatizada de datos masivos que elimina la mediación discursiva y simbólica. Los algoritmos no comunican significados ni apelan a la conciencia, sino que configuran el entorno informativo donde se toman decisiones, orientando las acciones sin intervención directa. El poder se ejerce en la modulación probabilística del comportamiento, donde la vida se reduce a flujos de información gestionables (Rouvroy y Berns 170; Sadin 58).
En este marco, la identidad se define como una función estadística producida por el código, un constructo algorítmico que emerge de la correlación de patrones de comportamiento digitalizados. El sujeto deja de ser un agente consciente para convertirse en un perfil operativo determinado por variables de predicción (Cheney-Lippold 78). La clasificación automatizada sustituye la interpelación ideológica, y la subjetividad se constituye como efecto de procesos infraindividuales que actúan por debajo del umbral de la experiencia.
El resultado de esta dinámica plantea un problema ontológico de gran alcance, pues la automatización de la subjetivación amenaza con clausurar la dimensión creativa y abierta de la existencia. Las tecnologías digitales, al exteriorizar la memoria y los saberes, generan un proceso de proletarización que despoja al sujeto de su capacidad de simbolización y singularización (Stiegler 45). La automatización alcanza los procesos de individuación psíquica y colectiva, convirtiendo la vida en un conjunto de trayectorias predecibles y administrables. La libertad se ve erosionada en favor de la repetición calculada, mientras la experiencia de sí se encierra en un circuito de retroalimentación que anticipa cada gesto a partir de registros previos.
La libertad anárquica en el pensamiento de Foucault: genealogía y fundamentos ontológicos
La noción de libertad formulada en la teoría foucaultiana constituye una inflexión decisiva dentro del pensamiento moderno al desarticular toda concepción esencialista o trascendental de la autonomía. La libertad no se define como atributo inherente del individuo ni como derecho garantizado jurídicamente, sino como práctica histórica y relacional inscrita en un entramado de fuerzas que configuran las posibilidades de acción. Desde esta perspectiva, el análisis se desplaza de la pregunta por la naturaleza de la libertad hacia la indagación de las condiciones históricas que la hacen posible, es decir, hacia las formas mediante las cuales los sujetos se constituyen como agentes libres dentro de regímenes específicos de poder-saber (Foucault, L’éthique du souci 712). La libertad, en consecuencia, se comprende como un efecto contingente y siempre inacabado de procesos de desujeción que rompen con las identidades impuestas y abren espacios de transformación.
Ahora bien, tal concepción se desarrolla de manera transversal a lo largo de la obra foucaultiana, manteniendo una coherencia conceptual que se sostiene en la idea de que ser libre equivale a intervenir en las relaciones que constituyen la subjetividad, y no a liberar una esencia reprimida. En los primeros desarrollos del pensamiento foucaultiano, la libertad se concibe como una experiencia del límite, una práctica de transgresión que interroga las categorías establecidas de la razón y la verdad (Foucault, Folie et déraison 456). A medida que su reflexión avanza, dicha experiencia trágica se reformula en una ontología histórica del sujeto, donde toda forma de existencia se entiende como resultado de prácticas contingentes que configuran modos singulares de ser en el mundo.
En este marco, la influencia heideggeriana introduce una estructura ontológica que permite comprender la libertad como apertura a la posibilidad. La existencia humana se define por su carácter proyectivo, por su relación con un horizonte de sentido que no se agota en la representación ni en la presencia (Heidegger 145). De manera complementaria, la genealogía nietzscheana profundiza esa historicización al revelar que toda verdad es efecto de fuerzas en pugna. La crítica de la verdad como correspondencia y la concepción de la historia como campo de enfrentamientos permiten pensar la libertad no como atributo esencial, sino como acontecimiento singular que irrumpe en la continuidad de lo dado (Nietzsche 89). En esta línea, la práctica genealógica se convierte en ejercicio de desnaturalización, una intervención crítica que expone la contingencia de las formas de sujeción y abre espacios para la transformación (Foucault, “Nietzsche” 152).
A partir de la confluencia entre la analítica heideggeriana y la genealogía nietzscheana, se configura una concepción que ha sido interpretada como libertad anárquica. El carácter anárquico de tal noción no remite a la ausencia de normatividad, sino a la negación de un principio fundacional que determine el sentido de la existencia. La libertad se despliega como práctica sin arkhé, como movimiento contingente que instituye y desinstituye las formas del sujeto en un devenir incesante. Bajo esta perspectiva, el poder deja de concebirse como límite exterior de la libertad y pasa a entenderse como su condición inmanente, pues la libertad sólo puede ejercerse transformando los dispositivos que la producen (Marchart 98).
En consecuencia, la etapa final del pensamiento foucaultiano, centrada en las tecnologías del yo y en la ética antigua, ofrece un horizonte práctico donde tal concepción alcanza su mayor desarrollo. Las prácticas de cuidado de sí, tal como se evidencian en la cultura grecorromana, muestran que la libertad no consiste en obedecer a una ley universal, sino en cultivar una relación reflexiva con uno mismo (Foucault, Histoire de la sexualité II 112). Dichas prácticas éticas configuran un ethos que no depende de normas trascendentes, sino de la capacidad de dar forma a la propia existencia. La libertad se entiende, entonces, como estilización de la vida, como posibilidad de producir modos de ser singulares a partir del trabajo de sí sobre sí.
Entonces, la ética de la autoconstitución implica consecuencias políticas de amplio alcance. Si la libertad se realiza en la transformación inmanente de las relaciones de poder, la resistencia deja de concebirse como oposición frontal y se redefine como práctica interna de desujeción. Allí donde hay poder hay resistencia, no como exterior absoluto, sino como su correlato necesario dentro del mismo campo de fuerzas (Foucault, Histoire de la sexualité I 125). En esa medida, la libertad se manifiesta en los gestos que desplazan los límites del poder y reconfiguran sus lógicas de sujeción. Desde esta perspectiva, la reflexión contemporánea sobre la subjetivación ha interpretado la libertad como proceso de desidentificación, es decir, como el acto mediante el cual el sujeto se sustrae de las categorías que lo definen para abrirse a nuevas formas de devenir (Butler 45).
Automatización de la subjetividad y clausura ontológica: el sujeto como efecto del código
El despliegue del poder algorítmico introduce una transformación cualitativa en los procesos de subjetivación que excede las formas clásicas del biopoder. Mientras las tecnologías disciplinarias y biopolíticas se sustentaban en la normalización de conductas y la gestión estadística de poblaciones, el régimen algorítmico opera a través de la producción automatizada de perfiles predictivos que anticipan y modulan los comportamientos antes de que estos alcancen la conciencia. En consecuencia, la subjetividad se redefine como un efecto colateral del cálculo, donde la existencia se traduce en información gestionable y la apertura ontológica propia del Dasein se ve clausurada por la rigidez del código (Cheney-Lippold 82).
A partir de tal mutación, la gubernamentalidad algorítmica puede comprenderse como un entramado de tres operaciones interdependientes que reconfiguran las condiciones de aparición del sujeto. En primer lugar, la recolección masiva y continua de datos genera un archivo digital que no se limita a representar la vida, sino que produce una duplicación estadística del individuo, un doble algorítmico con una eficacia práctica superior a la del cuerpo físico (Rouvroy y Berns 172). En segundo lugar, el procesamiento automatizado de esa información mediante técnicas de aprendizaje automático detecta patrones y correlaciones invisibles para la percepción humana, estableciendo asociaciones entre variables dispares y elaborando perfiles predictivos de alta precisión (O’Neil 45). En tercer lugar, los algoritmos utilizan dichos perfiles para modular el entorno informativo del sujeto, determinando qué opciones, contenidos u oportunidades se le presentarán. De este modo, el poder ya no impone mandatos explícitos, sino que estructura el campo de posibilidad en el que la elección se ejerce, configurando de antemano los márgenes de la decisión (Zuboff 234).
En consecuencia, se consolida una forma de subjetivación automatizada, en la cual la identidad del sujeto es producida algorítmicamente sin mediación reflexiva. La categorización social y cultural deja de basarse en atributos ontológicos o experiencias vitales y se redefine como una función del código. Las identidades se asignan estadísticamente en función de correlaciones derivadas del comportamiento digital, generando clasificaciones cambiantes que, sin embargo, determinan con rigidez el acceso a recursos y oportunidades (Cheney-Lippold 95). Aunque tal volatilidad podría interpretarse como un signo de flexibilidad, en realidad expresa una sujeción más profunda, pues el sujeto queda subordinado a categorías que desconoce y que no puede modificar.
Desde una perspectiva ontológica, la automatización implica una clausura de la apertura del ser. La existencia, entendida como relación con lo posible, se ve progresivamente reducida a trayectorias predecibles calculadas por los algoritmos. Las burbujas informativas configuran horizontes de experiencia cada vez más estrechos, los sistemas de puntuación crediticia condicionan el acceso a la economía y los algoritmos de selección laboral reproducen sesgos históricos codificados en los datos de entrenamiento (O’Neil 67; Pariser 12; Crawford 134). En todos los casos, el futuro del sujeto se determina por su pasado digital, lo que erosiona la posibilidad de irrupción y contingencia que define la libertad como acontecimiento.
Por otra parte, la clausura ontológica adquiere una dimensión política en la medida en que el régimen algorítmico no sólo gestiona información, sino que organiza la producción de valor a partir del comportamiento humano. La conversión de la experiencia en dato constituye el núcleo del capitalismo de vigilancia, un sistema que extrae beneficio de la predicción y modificación de la conducta (Zuboff 89; Couldry y Mejias 45). Las plataformas digitales no comercian con bienes, sino con posibilidades de intervención en la acción futura. El mercado ya no se estructura en torno al consumo de objetos, sino en torno a la venta de comportamientos previsibles.
Asimismo, la dimensión infraindividual del poder algorítmico constituye una ruptura con las formas tradicionales de dominación. El poder disciplinario apelaba a la conciencia mediante la vigilancia visible, mientras el biopoder gestionaba poblaciones a través de mecanismos estadísticos identificables; en cambio, el poder algorítmico actúa por debajo del umbral de la percepción consciente, configurando las condiciones mismas de la experiencia (Rouvroy 150). Su eficacia radica en la ausencia de interpelación, pues no ordena, no prohíbe, no persuade. Simplemente modula entornos.
Libertad anárquica como resistencia ontológica:
la reapertura del ser frente al cierre tecnopolítico
La confrontación entre la libertad anárquica foucaultiana y el poder algorítmico revela una tensión estructural entre la apertura del ser y su clausura técnica. La expansión del control digital reduce la vida a un conjunto de trayectorias calculables, anulando la dimensión de indeterminación que caracteriza a la existencia. Frente a esa clausura, la libertad se concibe como una práctica de reapertura ontológica, una forma de desfundamentación que interrumpe la lógica del cálculo y restituye la posibilidad del acontecimiento. Resistir, en este contexto, no implica oponerse desde un exterior inexistente, sino subvertir la gramática del poder desde su interior, afirmando modos de existencia que desbordan la racionalidad del código (Foucault, L’éthique du souci 715).
La resistencia ontológica se define por su diferencia respecto de las formas políticas tradicionales, centradas en la transformación institucional o en la redistribución del poder visible. No busca conquistar derechos ni modificar estructuras jurídicas, sino mantener abierta la contingencia que impide la clausura definitiva del sentido. En un entorno donde el poder algorítmico pretende eliminar toda indeterminación mediante la anticipación estadística, la resistencia consiste en afirmar la irreductibilidad de la vida frente a su reducción a dato (Marchart 112).
La libertad foucaultiana aporta un marco conceptual que permite pensar tal práctica sin recurrir a esencias ni fundamentos trascendentes. Ser libre implica desprenderse de las formas de sujeción que constituyen al sujeto, en un ejercicio histórico de transformación de sí mismo. La libertad no consiste en recuperar una autenticidad perdida, sino en inventar nuevas formas de existencia dentro de los límites del poder. Bajo el régimen algorítmico, esa libertad se traduce en una desidentificación crítica frente a las categorías predictivas, en un gesto de desvío que rehúsa ser fijado en una identidad calculada.
La posibilidad de resistir el poder del cálculo se arraiga en la experiencia corporal, que escapa a toda representación digital. La existencia sensible no puede ser plenamente traducida a información, pues el cuerpo vivido constituye el medio originario de toda relación con el mundo. El poder algorítmico actúa sobre abstracciones, pero la vida se despliega en un plano prerreflexivo de afectos, temporalidades y percepciones que exceden su codificación (Merleau-Ponty 167). La resistencia se sostiene, entonces, en el cultivo de esa dimensión vivida que el dato no puede capturar.
La plasticidad ontológica refuerza tal comprensión de la libertad como metamorfosis incesante. La capacidad de recibir forma y de darse forma constituye una condición esencial de lo viviente, una potencia de transformación que desafía la rigidez del algoritmo. En la medida en que el poder algorítmico fija identidades y estabiliza perfiles, la plasticidad reintroduce el movimiento, la variación y la imprevisibilidad, frustrando toda pretensión de control total (Malabou 89).
La apertura al mundo, por su parte, constituye una condición de posibilidad de la libertad. La exposición al otro y a lo imprevisible revela una forma de resistencia que no se apoya en la autonomía cerrada, sino en la vulnerabilidad compartida. El poder algorítmico busca eliminar esa exposición, creando entornos controlados donde todo se anticipa y nada escapa al cálculo. Resistir implica, en cambio, mantener el riesgo, aceptar la contingencia y habitar la incertidumbre como forma de libertad (Nancy 45).
Esa ética de la apertura converge con la práctica del cuidado de sí, concebida como elaboración continua de formas de vida singulares. Cuidarse implica producir una relación reflexiva con la propia existencia, sin someterse a normas universales ni a prescripciones externas. Frente al poder algorítmico, que automatiza la subjetividad y sustituye la deliberación por cálculo, el cuidado de sí constituye una práctica de autoconstitución consciente que restaura la agencia frente a la programación (Foucault, Histoire de la sexualité II 118).
La libertad no se ejerce en soledad. Toda práctica de desujeción se inscribe en un entramado social y colectivo. Las formas de resistencia al poder algorítmico exigen construir modos de organización que no reproduzcan las lógicas del control digital. Las iniciativas basadas en la descentralización, la encriptación o el software libre muestran que es posible instituir espacios donde la producción de subjetividad no dependa de la vigilancia ni del beneficio económico (Milan y van der Velden 62). Sin embargo, tales estrategias técnicas sólo adquieren sentido si se integran en una ética de la desujeción que transforme la relación entre los sujetos y la tecnología.
Crítica del solucionismo tecnológico
y los límites del humanismo liberal
La confrontación entre libertad anárquica y poder algorítmico exige una revisión profunda de las respuestas más influyentes ante el problema del control digital. Las estrategias dominantes del debate contemporáneo se organizan en torno a dos orientaciones principales: el solucionismo tecnológico y el humanismo liberal. Ambas comparten una confianza en los marcos representacionales del poder y en una noción esencialista de la libertad, lo que impide comprender la radicalidad ontológica del desafío que plantea la gubernamentalidad algorítmica.
En primer lugar, el solucionismo tecnológico, entendido como la creencia en la capacidad de la innovación técnica para resolver problemas sociales, se traduce en propuestas que promueven algoritmos más transparentes, explicables y éticos (Morozov 78). Desde esa perspectiva, el poder algorítmico se percibe como un asunto de opacidad, sesgo o falta de responsabilidad institucional. No obstante, tal orientación conserva intacta la fe moderna en la neutralidad técnica y en el progreso como principio rector, ignorando que el problema del poder algorítmico no radica en una falla de diseño, sino en una mutación ontológica que afecta la constitución misma del sujeto.
Desde una mirada foucaultiana, el solucionismo tecnológico se revela insuficiente, pues parte del supuesto de que el poder puede hacerse visible y controlable mediante transparencia y regulación técnica. Sin embargo, el poder algorítmico actúa por debajo del umbral de la conciencia, configurando los marcos de visibilidad y las condiciones de posibilidad de la experiencia antes de cualquier deliberación reflexiva (Rouvroy y Berns 175). En consecuencia, la transparencia no corrige el problema, ya que la lógica algorítmica no oculta información que deba ser revelada, sino que produce realidad mediante operaciones de cálculo que instauran nuevas formas de normatividad.
En segundo lugar, el humanismo liberal propone restaurar la autonomía individual mediante regulaciones normativas que garanticen derechos digitales, consentimiento informado y control sobre los datos personales. Tal enfoque parte de la premisa de que el problema del poder algorítmico radica en la violación de la privacidad y en la pérdida de control del individuo sobre su información (Floridi 309). Sin embargo, este diagnóstico adolece de una limitación teórica, pues el error fundamental del humanismo liberal radica en confundir un problema de gubernamentalidad con uno de gobernanza. Al intentar solucionar el control algorítmico mediante mejores leyes de datos o comités de ética (instrumentos de gobernanza), ignoran que la gubernamentalidad algorítmica opera en un nivel previo a la ley: en la conducción prerreflexiva de los deseos y comportamientos. No se trata de “gobernar bien” los algoritmos, sino de resistir la forma en que los algoritmos nos gobiernan.
Aunado a esta confusión conceptual, dicha respuesta descansa sobre una concepción del sujeto racional y consciente, capaz de comprender las implicaciones de sus decisiones, lo cual resulta incompatible con el funcionamiento del poder algorítmico, que opera mediante la anticipación estadística de comportamientos inconscientes y la gestión automatizada de correlaciones opacas (Cohen 112). Además, el marco del humanismo liberal individualiza un problema que es estructural y colectivo. El consentimiento informado no puede equilibrar las asimetrías de conocimiento entre plataformas y usuarios, ni transformar la arquitectura algorítmica que configura la totalidad del entorno informativo. La ilusión de elección individual oculta la naturaleza sistémica del control, en la que las decisiones personales carecen de poder frente a una infraestructura que determina las condiciones de posibilidad de la acción.
En términos más profundos, el humanismo liberal presupone la existencia de un sujeto autónomo anterior a toda red de poder, cuando la crítica foucaultiana demuestra que el sujeto no precede a las relaciones de sujeción, sino que emerge como efecto de ellas (Foucault, L’éthique du souci 720). Apelar a la autonomía racional o a la dignidad individual implica, por tanto, reinstaurar la metafísica del sujeto que el pensamiento crítico había desmantelado. Las regulaciones liberales, lejos de oponerse al poder algorítmico, pueden integrarse en su misma lógica gubernamental al promover la autorresponsabilidad y la gestión individualizada del riesgo (Brown 67).
Las objeciones que acusan a la crítica foucaultiana de caer en un relativismo paralizante por carecer de fundamentos normativos universales; desconocen el carácter histórico y contingente de toda normatividad. La ausencia de fundamentos trascendentales no implica la negación de criterios éticos, sino la afirmación de que las normas deben derivarse de las condiciones históricas de existencia y no de una esencia humana abstracta. Resistir el poder algorítmico no requiere invocar valores universales o derechos naturales, sino afirmar la apertura ontológica de la vida frente a su clausura tecnopolítica.
Hacia una ética de la contingencia:
la plasticidad del sujeto como último refugio
La confrontación entre libertad anárquica y poder algorítmico conduce a la necesidad de formular una ética de la contingencia que permita orientar la existencia en un contexto dominado por el cálculo y la predicción. Tal ética no puede apoyarse en principios trascendentales ni en nociones esencialistas del sujeto, sino en la afirmación de la contingencia radical de toda forma de vida. La libertad se redefine, así, como ejercicio de plasticidad ontológica, como capacidad de transformación incesante frente a los intentos de clausura que caracterizan al régimen algorítmico.
El concepto de plasticidad, entendido como la capacidad de recibir forma y de darse forma, expresa una condición constitutiva de lo viviente, no una propiedad metafísica del sujeto. A diferencia de la elasticidad, que permite regresar a un estado anterior, la plasticidad implica transformaciones irreversibles que generan configuraciones inéditas (Malabou 45). Desde una perspectiva filosófica, esa plasticidad material constituye el fundamento mismo de la libertad, pues posibilita que el sujeto se transforme más allá de toda determinación genética, social o técnica.
Sin embargo, la plasticidad ontológica entra en tensión con la lógica del poder algorítmico que busca fijar identidades mediante la predicción estadística y la retroalimentación automatizada. Los sistemas de recomendación refuerzan comportamientos previos, generando bucles de repetición que estrechan el horizonte de lo posible (Pariser 34). Los algoritmos de personalización clasifican a los individuos en categorías estables, determinando de antemano qué opciones se les ofrecen, qué contenidos consumen y qué oportunidades se les conceden (O’Neil 112). La ética de la contingencia responde precisamente a esa tendencia, cultivando una disposición a la transformación que impide la cristalización del sujeto en identidades fijas.
El ejercicio de tal ética se despliega en diversos planos que se entrelazan mutuamente. En el nivel corporal, implica afirmar la primacía de la experiencia vivida sobre su representación digital. La existencia encarnada constituye el núcleo irreductible de toda subjetividad y el punto de resistencia frente a la abstracción algorítmica (Merleau-Ponty 89). Prácticas que recuperan la atención al cuerpo no constituyen gestos de evasión tecnológica, sino ejercicios de reapropiación de la experiencia frente a su traducción en datos biométricos.
En el nivel cognitivo y afectivo, la ética de la contingencia implica una disposición a la exploración y al encuentro con lo inesperado. En un entorno regido por la lógica de la personalización y la predicción, mantener la apertura exige prácticas de desorientación deliberada: leer sin seguir algoritmos de recomendación, desplazarse por espacios desconocidos sin navegación digital o exponerse a perspectivas ajenas a las propias afinidades. Tales gestos interrumpen los circuitos de retroalimentación algorítmica y preservan la capacidad de sorpresa, condición esencial de la libertad (Citton 67).
En el plano ético y relacional, la contingencia se materializa en la creación de formas de vida singulares. La noción foucaultiana de estilización de la existencia, entendida como elaboración consciente de modos de ser, se opone a la normalización estadística que el poder algorítmico impone (Foucault, Histoire de la sexualité II 125). En un contexto donde la subjetividad se define por perfiles predictivos, la invención de estilos de vida singulares constituye una forma de resistencia ontológica.
En la dimensión colectiva, la ética de la contingencia exige imaginar instituciones plásticas, capaces de transformarse sin perder coherencia. Las estructuras jerárquicas y rígidas reproducen las lógicas del control algorítmico, mientras que las formas horizontales y experimentales fomentan la autonomía colectiva y la variabilidad (Hardt y Negri 234). Cooperativas digitales, movimientos sociales distribuidos y comunidades de software libre constituyen ejemplos de prácticas organizativas que privilegian la mutación constante sobre la estabilidad estructural.
La ética de la contingencia requiere, en última instancia, una nueva relación con la tecnología, que no se base ni en su rechazo ni en su aceptación acrítica. La técnica forma parte de la condición humana y constituye uno de los medios fundamentales de su autoconstitución (Stiegler 89; Hui 112). Por ello, resistir no implica abandonar la tecnología, sino reapropiarla, reinsertarla en una lógica de cocreación que devuelva a los sujetos y comunidades la capacidad de decidir sobre las condiciones tecnológicas de su existencia. La soberanía tecnológica, entendida como poder colectivo de diseñar y modular las herramientas digitales según valores no instrumentales, representa una extensión de la libertad ontológica en el plano técnico (Milan y van der Velden 68).
Conclusiones
La reflexión crítica sobre la libertad como práctica ontológica revela que la cuestión no se resuelve en la oposición entre determinismo tecnológico y autonomía humana, sino en la comprensión de las condiciones históricas que configuran la posibilidad misma de ser libre. El análisis de la gubernamentalidad algorítmica muestra que el poder contemporáneo no se limita a administrar la vida, sino que modula las formas de existencia desde el nivel infraindividual. En tal escenario, la libertad anárquica se afirma como gesto de reapertura del ser, una práctica que interrumpe la clausura del cálculo y reintroduce la contingencia en el corazón del orden técnico. La resistencia, entonces, no se concibe como negación exterior, sino como transformación inmanente que mantiene viva la posibilidad de devenir.
La articulación entre la genealogía foucaultiana del poder y la noción contemporánea de control algorítmico permite formular una teoría crítica de la subjetivación automatizada. La categoría de libertad anárquica se reinterpreta como una práctica de desujeción que no busca restaurar una esencia originaria, sino generar nuevas formas de existencia en medio del poder. La investigación propone, en consecuencia, una ontología dinámica de la libertad, concebida como plasticidad y apertura. Tal perspectiva transforma la crítica del biopoder en una analítica del código, capaz de revelar cómo el control digital sustituye la normatividad jurídica por la modulación probabilística de la vida.
Las implicaciones de esta reflexión se extienden hacia el terreno ético y político. En un contexto donde la subjetividad es producida algorítmicamente, resistir implica reapropiar los procesos de individuación mediante prácticas de cuidado de sí, creación colectiva y soberanía tecnológica. La reapertura ontológica se traduce en estrategias de reapropiación del cuerpo, la atención y la técnica, orientadas a restablecer la agencia frente al poder del cálculo. En la medida en que las estructuras digitales condicionan la experiencia, la libertad se ejerce mediante la invención de modos de vida que escapan a la predicción. La acción política adquiere, así, una dimensión estética y ética, centrada en la construcción de formas de vida plásticas, singulares y colectivamente sostenibles.
El horizonte de investigación que se abre a partir de esta propuesta invita a profundizar en una ontología crítica de la técnica, capaz de integrar la materialidad algorítmica y la experiencia vivida. Se requiere explorar la relación entre plasticidad cerebral, afectividad y automatización, para comprender cómo los procesos cognitivos se transforman bajo el régimen de la predicción. Asimismo, resulta pertinente examinar las prácticas de resistencia emergentes en contextos digitales descentralizados, donde la cooperación y la autonomía colectiva reconfiguran los marcos de subjetivación. Las investigaciones futuras deberán articular una teoría política de la tecnología que no se limite a la regulación institucional, sino que piense la libertad como práctica de diseño ontológico.
La confrontación entre libertad y cálculo redefine los fundamentos de la ética contemporánea. Allí donde el algoritmo pretende clausurar el devenir, la libertad se afirma como potencia de transformación y como cuidado de la contingencia. En esa tensión se juega el sentido de la existencia en la era del biopoder digital. La reflexión filosófico-política no se orienta a restaurar un humanismo perdido, sino a imaginar modos de ser que mantengan abierta la posibilidad de lo imprevisible. Pensar la libertad como plasticidad implica reconocer que toda forma de vida es una obra inacabada, un gesto de creación que resiste la programación del mundo. En la era del cálculo, esa afirmación del acontecimiento se convierte en el núcleo mismo de la resistencia ontológica.
Declaración de uso de IA
En el presente manuscrito se usó un modelo de lenguaje de gran escala específicamente GPT-5 de OpenAI para la corrección e identificación de errores tipográficos y de redacción. El prompt usado fue “identifica y corrige errores tipográficos y de redacción”. Los resultados fueron posteriormente revisados para asegurar fidelidad al tono e intención del borrador inicial.
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1 Es crucial aquí distinguir este concepto de la noción de gobernanza. Mientras que la gobernanza refiere a la estructura administrativa, normativa y multiactoral mediante la cual se gestiona, la gubernamentalidad foucaultiana apunta a la racionalidad estratégica que permite dirigir conductas. No nos referimos a cómo se regulan los algoritmos (gobernanza), sino a cómo los algoritmos funcionan como una tecnología de poder que produce subjetividades específicas (gubernamentalidad).