Esta obra está bajo licencia internacional Creative Commons
Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0.
“La conciencia artística del joven narrador”. Protención y retención en “Los Malabé” de José de la Colina
“The artistic consciousness of the young narrator”
Protention and retention in “Los Malabé”
by José de la Colina
Pablo Muñoz Covarrubias
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, México
juanpablomunozcovarrubias@gmail.com
Resumen: En el siguiente artículo, se plantea el análisis de un cuento del escritor hispanomexicano José de la Colina, haciendo uso de dos categorías: protención y retención. Para fundamentar estos conceptos, se atienden las correspondientes definiciones proporcionadas por Wolfgang Iser en El acto de leer. El texto analizado es “Los Malabé”, relato perteneciente al libro Ven, caballo gris de 1959. Por medio de los términos escogidos, se explican algunos de los mecanismos internos del texto que potencialmente experimenta el lector. Lo anterior sirve, entre otras cosas, para explicar la forma en que se recrea lo queer y el travestismo. “Los Malabé” es un cuento que deberá sorprender a quien lo lea por su estructura, contenido y desenlace; todo lo anterior se puede explicar considerando la protención y la retención.
Palabras clave: José de la Colina, Iser, literatura queer, cuento, literatura mexicana.
Abstract: The following article analyses a short story by the Spanish-Mexican writer José de la Colina using two categories: protention and retention. To support these concepts, I refer to the corresponding definitions provided by Wolfgang Iser in The Act of Reading. The story analysed is “Los Malabé”, a story from the 1959 book Ven, Caballo Gris. Using the chosen terms, I distinguish some of the text’s internal mechanisms, potentially experienced by the reader. This serves, among other things, to explain the presence of queerness and the main character’s transvestism. “Los Malabé” is a story that should surprise the reader due to its structure, content, and outcome; all of the above can be explained by considering protention and retention.
Keywords: José de la Colina, Iser, queer literature, short story, Mexican literature.
Recibido: 8 de septiembre de 2025
Aceptado: 6 de octubre de 2025
Doi: 10.15174/rv.v19i38.874
El cuento debe ganar por knockout.
“Algunos aspectos del cuento”, Julio Cortázar
Introducción
No es una exageración comparar un cuento con una máquina: todas las piezas del mecanismo deben colaborar para que el movimiento suceda. Tanto los escritores como los críticos coinciden en la dificultad del género, y también reconocen la felicidad que puede proporcionar al lector poseer la imagen completa de unos personajes, de una trama, de una anécdota, con el auxilio de un lenguaje que convierte en verosímil lo inicialmente imaginado, lo que alguna vez tendió hacia lo difuso. Por su brevedad y concentración, resulta ideal para tal experiencia estética. ¿Cómo se logra, pues, aquello que sólo experimentamos con la lectura de un cuento? Uno de los recursos para proveer al texto con esa vivacidad consiste en la manera en que el narrador ordena los datos de la historia; es decir, la disposición de los elementos que van convirtiéndose en indispensables para entender lo que el narrador nos relata. De tal forma que el narrador confía en el lector para que éste, al finalizar el texto, derive una imagen, si se quiere, completa de lo relatado —por supuesto, no todos los lectores leen lo mismo ni atienden los mismos detalles ni logran una síntesis coherente o completa, ni tampoco todos los cuentos funcionan exactamente según este modelo clásico—. No es rara la insistencia en el hecho, por tanto, de que en un buen cuento nada falta ni tampoco nada sobra, sobre todo si pensamos en algunas de las piezas más celebradas del género.1 Todo lo anterior lo escribo considerando la indispensable intervención del lector, en el hecho de que las palabras sólo se vuelven significativas al ser leídas —y mejor todavía: en la relectura—. Como lo estableció Wolfgang Iser, “[...] texto y lector se encuentran en tensión dentro de una situación dinámica que no les ha sido dada con anterioridad, sino que surge en el proceso de la lectura como condición de entendimiento con el texto” (Iser 129).
La teoría literaria ha propuesto algunos conceptos que ilustran en qué consiste el acto de la lectura y cuáles serían las habilidades que se ejecutan al navegar por el texto de un relato. De entre los variados enfoques teóricos disponibles, me interesa en esta ocasión recordar la propuesta de Iser en su obra El acto de leer, sobre todo lo que el especialista ha explicado siguiendo a Husserl en torno a dos operaciones inexcusables cuando se lee un texto de ficción: la protención y la retención. Ambas operaciones conviven de forma intensa. Gracias a la protención en el lector nace un conjunto de expectativas que podrían o no satisfacerse; por la retención, por la capacidad que tiene la memoria para acumular imágenes, escenas y datos, es posible que quien lea un cuento logre relacionar cada uno de los componentes: “El hecho de que el lector esté inmerso en el texto se determina como el vértice entre protención y retención, organiza la secuencia de la frase y de este modo abre el horizonte interior del texto” (Iser, 196). Esto último es lo que me interesa rastrear en las siguientes páginas: cómo funciona esa relación entre los dos conceptos, y cómo el lector continuamente debe ajustar ese horizonte en que habita al leer. Para ello, he elegido un texto del escritor hispanomexicano José de la Colina: “Los Malabé”.2
La selección se debe a varios motivos: en primer lugar, al hecho de que se trata de una narración, sin duda, lograda; en segundo lugar, porque no ha sido hasta ahora estudiada detenidamente por la crítica; y, en tercer lugar, por ser una composición cuya estructura profunda no es perceptible acaso en una lectura inicial; puede decirse entonces que nos exige la relectura. Algo más que debo agregar para justificar la respectiva selección, es que se trata de una narración que sirvió para renovar los temas de la literatura mexicana; un cuento que tendría que aparecer en las antologías de la literatura queer, es decir, en compendios que reflejen las sexualidades periféricas (Fonseca y Quintero 44).3 La forma en que José de la Colina resuelve el desarrollo de la historia, sorprendiendo al lector y haciéndole finalmente observar aquello que difícilmente pudo prever, ha de servir para ilustrar la dialéctica entre las expectativas y los datos que el narrador proporciona y cuyo sentido, en este caso, se modifica radicalmente en las últimas líneas. Es mi impresión que el entonces joven narrador José de la Colina halló en este relato, y en otros más de Ven, caballo gris, al lector como una entidad indispensable de su poética; lo supo integrar en el cuidadoso diseño de sus memorables historias.
En una instancia primera, voy a ubicar la publicación de “Los Malabé” en la trayectoria literaria de José de la Colina y recordaré algunos cuentos más de su autoría con temas delicados para la época en que escribe y en que los publica. De esta manera, podré valorar el asunto de la historia que centralmente me interesa y la forma en que plantea el correspondiente desenlace con la sensibilidad de quien entiende la trascendencia literaria y moral del asunto escogido. Después, propondré un análisis de “Los Malabé”, con el propósito de exponer, ahora sí, algunos de los componentes que se derivan de mi lectura —o de mis relecturas— de la historia. Por supuesto, no planteo que la mía sea la única manera de decodificar la trama, pero otros lectores podrían coincidir en algunos de los rasgos principales que destaco, sobre todo aquéllos que permiten la relación dialéctica entre protención y retención, y la síntesis.
“Los Malabé” en Ven, caballo gris
El cuento de José de la Colina que deseo examinar apareció inicialmente en 1958 en la Revista de la Universidad. Después, el autor lo incorporó en el que podría considerarse su primer libro de cuentos, si no fuera porque en la adolescencia planeó la publicación de una obra que no llegó a la imprenta, según parece, por razones pecuniarias: Libro para la tarde del domingo; y porque en 1955 se publicó Cuentos para vencer a la muerte, obra editada por Juan José Arreola, de la cual De la Colina renegó por considerar insatisfactoria la calidad general de los textos allí incluidos, tan distantes de la que sería su auténtica poética narrativa, tan cercana a la estética del cine y a la experimentación formal. Es sabido que el autor se encargó de destruir cada uno de los ejemplares que fue hallando en las bibliotecas de sus amigos.
“Los Malabé” lo podemos leer en Ven, caballo gris, de 1959, en la edición de la Universidad Veracruzana y también en Traer a cuento, del Fondo de Cultura Económica, la recopilación más completa de su obra narrativa. Es un relato que extrañamente no ha interesado a la crítica literaria, a pesar de ser un texto relevante para la literatura queer en México y por tratarse de un cuento que revela gran dominio y madurez. José Emilio Pacheco, en la breve reseña que hizo del volumen, anotó esto: “‘Los Malabé’ es un problema hábilmente resuelto. Una anécdota ingrata —las relaciones entre un anciano cafetalero y un servidor negro— pone de manifiesto la conciencia artística del joven narrador” (637). En la primera parte del comentario crítico de Pacheco, se puede identificar, sin duda, la influencia borgeana: “es un problema hábilmente resuelto”; en la segunda, llama la atención que califique la anécdota como ingrata —ya veremos cómo representa José de la Colina la sexualidad y el deseo en un contexto en que lo homosexual resultaba poco o nada aceptable para la sociedad—; pero lo que quizás resulte más llamativo, y ya volveré sobre ello al realizar el examen de la última escena, es la percepción de que en el cuento “se pone de manifiesto la conciencia artística del joven narrador”.
En Ven, caballo gris, José de la Colina incluye cuentos con temas y con asuntos varios. Es notable, sin embargo, la reiterada inclusión de caballos, ya sea en ambientes propios de una codificación realista; o bien, como motivos propicios para lo alegórico y para lo fantástico o lo maravilloso, tal y como ocurre en el texto que da nombre al libro, sin duda, uno de los mejores de toda su producción literaria. Esta recurrencia, buscada o no, permite reconocer la unidad dentro de lo misceláneo. Hay en el libro narraciones, por ejemplo, acerca de la Guerra Civil (“El tercero”); la vida y muerte de un personaje que recuerda fuertemente al enamorado poeta Jorge Manrique (“La cabalgata”); la última aventura de un revolucionario mexicano en plena decadencia económica y humana (“Ven, caballo gris”); la terrible crueldad ejercida por un grupo de niños en contra de un indefenso caballo (“Caballo en silencio”); un enamoramiento infantil que se reviste con elementos de lo mágico y de lo violento (“Excalibur”); la reescritura del mito de Ulises y Penélope en el viaje nocturno de un frustrado vendedor de puerta en puerta, no sin dejar de incluir un perro que recuerda al famoso Argos (“Nocturno del viajero”); y las consecuencias físicas padecidas por un adolescente que acude a la escuela sufriendo un insoportable escozor en sus genitales (“Balada del joven enfermo”). Como puede notarse, se incluyen temas más o menos polémicos para aquella época: el aborto y las enfermedades de transmisión sexual, así como el travestismo en “Los Malabé”. Pienso que será interesante observar cómo José de la Colina oculta o exhibe los asuntos espinosos; de este modo podrá entenderse el papel del lector en la decodificación de lo planteado y la concepción moral que se desprende. Pienso que en Ven, caballo gris, José de la Colina apuesta por la modernización de la narrativa mexicana, no sólo por la experimentación en lo técnico, sino también por la selección de los temas.
En “Nocturno del viajero” se recrea la visita a un hospital de una pareja de jóvenes; asisten con el propósito de que a ella se le practique un aborto. No puede pasar desapercibida la caracterización del médico que los atiende como un hombre poco masculino, como alguien que resulta incapaz, según el protagonista, de entender la circunstancia que viven él y la mujer embarazada. Es así como el narrador lo recrea: “Se presentaron en la clínica de aquel cirujano con nombre de profeta, el afeminado hombre moreno y sonriente que habría de extirpar de la dulce cueva materna lo que empezaba a ser el hijo” (89).4 En este cuento, al igual que en otras narraciones suyas como “La tumba india”, De la Colina experimentó con la inserción de los pensamientos del personaje en el texto narrativo (para ello empleó las cursivas como una marca tipográfica, para generar el contrapunto entre esto y aquello); en las siguientes líneas, el muchacho enjuicia duramente al médico tras considerar su orientación sexual: “Creo que este hombre no ha conocido mujer, pensó él, cobarde ante aquella inexplicable, pegajosa mueca sonriente; ¿cómo rayos va a saber lo que es un hijo? Para él no será otra cosa que algo pequeño, insignificante, algo que se puede quitar de la vida como se arranca de un cuaderno escolar el nombre amado, escrito clandestinamente por la doncella soñadora” (89). Carlos Valdés, en su reseña del libro, destaca este recurso al señalar que José de la Colina “analiza los estratos más escondidos de la mente; sin embargo la lucidez preside sus introspecciones” (30).
En “Balada del joven enfermo”, el narrador ofrece suficiente información para que el lector pueda derivar pronto cuál es el motivo del malestar físico del protagonista: una enfermedad de transmisión sexual; hallamos primero, en el texto, algunos indicios del sufrimiento de Alfredo, sus motivos, y después la patente enunciación de los peores síntomas, ese escozor que no da descanso ni tregua en la piel: “Tu cuerpo secretamente llevando la enfermedad, la corrupción, las rojas incesantes hormigas que ascienden desde el sexo” (100). La sensación de unas hormigas que avanzan por su piel y el sonido de un zumbido lo alertan y lo castigan. Más adelante, acude a la biblioteca del colegio y busca las respuestas para tal situación en uno de sus volúmenes; hasta aquí se le había encomendado al lector la tarea de derivar el trasfondo de las circunstancias; ahora se vuelve del todo evidente y se confirma lo previsible, lo que podía anticiparse:
Buscó entre los lomos de cuero con letras doradas, tomó el volumen G de la enciclopedia y se retiró con él al rincón donde terminaba el ventanal. Abrió el libro, hizo pasar las hojas, halló la página y empezó a recorrer las palabras en negrita, el dedo bajando a lo largo de las líneas impresas con una cruel lentitud en la que parecía complacerse, las sienes galopándole en aquella sensación de inminente desmayo, en aquella palpitante fuga de los sentidos y la palabra, la asquerosa terrible palabra con el molesto vibrar de la doble erre saltó súbitamente desde lo blanco de sus ojos, se prendió a ellos como si fuera el microbio mismo, mientras el pensamiento leía atropellado, desesperadamente [...] (65).
El protagonista de este cuento es apenas un muchacho de 16 años de edad. La infección que sufre, la gonorrea, es el efecto de haber asistido a un prostíbulo y de haber tenido sexo con una trabajadora sexual. El texto se concentra en las consecuencias de aquella visita a lo largo de un día en el colegio; tendrá entonces que convivir con esa terrible molestia con sus profesores y con Elsa, una muchacha que en apariencia le interesa; la experiencia es casi insoportable. Lo más terrible del asunto no es la enfermedad, sino la sensación de permanente condena para el resto de su vida, según imagina; en la enciclopedia ha hallado algunos de los trastornos que podrían llegar a afectarlo por la gonorrea, entre otros, la ceguera. En fin, el cuento termina con el colapso del muchacho y con su fe puesta, sin embargo, en reencontrar algún día la salud y el amor. Décadas más tarde, en un ensayo recopilado en ZigZag (2005), José de la Colina recordó el ambiente prostibulario de la Ciudad de México, y esa rutina que llevó a tantos y tantos jóvenes a perder la virginidad en los burdeles y con mujeres que no volverían a ver después de compartir el lecho. Por ello, propongo que hay en “Balada del joven enfermo” rasgos que nos hacen pensar en cierto costumbrismo literario. He aquí lo que planteó el escritor en la crónica de aquellos años; no se pierda de vista la aparición de la velardiana flor punitiva:
Hacia Salto del Agua, San Juan de Letrán era después de las nueve de la noche el temible paraíso del eros mercenario, con su peripatético y variopinto puterío dispuesto a entregarse en los espantables hoteles de López, Mesones, Meave, Vizcaínas, dándote un rato de ramplona lujuria de la que podías previamente instruirte, oh adolescente aún sin bastante cultura erótica, en las pornovelitas vendidas sobre la acera o en los dizque científicos tratados del sediciente doctor Martín de Luceny, libros que se vendían en el cemento de las aceras, pornografía por los suelos, incipit de las primeras aventuras digamos amorosas y de las que podías salir condecorado algún tiempo más tarde con la flor punitiva de la enfermedad que habrías de ir a curarte en cualquiera de las tristes clínicas que se anunciaban en los pisos altos de la avenida San Juan con el letrero casi poético de Enfermedades Secretas, en las cuales si todavía no había el racionamiento de la penicilina por la guerra, te recetarían aquel remedio milagroso, el que iba a acabar con todos los males del mundo (69).
Hasta ahora me he detenido, como lo advertí, en los asuntos más delicados, desde un punto de vista si se quiere moral, en estos dos cuentos, es decir, en la forma en que José de la Colina los inserta y los recrea: el aborto y la gonorrea. Quisiera concentrarme a partir de ahora de forma exclusiva en “Los Malabé”, en los mecanismos que el autor emplea para representar allí la homosexualidad y el travestismo. Para esta parte de mi análisis, voy a rastrear cómo se despierta la complicidad del lector.5
Lectura de “Los Malabé”
Al leer las páginas iniciales de “Los Malabé”, nada parecería revelar la cercanía del texto con lo queer; esta lejanía aparente del tema provoca luego un efecto muy especial en el lector, pues éste difícilmente puede anticipar la sorpresa en el magistral desenlace. Es importante observar que tenemos un narrador en primera persona, alguien que cuenta lo que le ha pasado a él y también la historia de la que se ha enterado. Es decir, hay una estructura de “caja china”: una historia dentro de otra historia. El narrador es un joven, de nombre Felipe, el cual ha llegado a una población con mar con el propósito de resolver unos negocios que le encomendaron; es pues un agente comercial. Esta circunstancia permite que sea un extranjero frente a esa realidad rara que empieza a investigar y a reconocer, que pueda sentir curiosidad por cuanto lo rodea, por el paisaje, por los habitantes y por sus secretos. Se trata de un puerto con constante actividad comercial, y en que un hombre se distingue por encima de todos los demás en ello: el señor Francisco Malabert (Malabé es una suerte de adaptación del apellido difícil de pronunciar por los hablantes de aquel sitio); con él tiene el narrador que negociar el precio de una gran carga de sacos de café. Es Malabert un hombre rico y mulato. Acaso sólo en la relectura del cuento sea posible identificar la relevancia de la descripción inicial que se hace del personaje (retención); desde ahora lo subrayo y lo remarcaré al comentar el final; me refiero a lo que se apunta acerca de su asombrosa piel de color casi azul y de sus delgados labios: “Aún me pregunto qué había de irreductible en aquel mulato sesentón de piel casi azul, de labios finos, de recortado ademán y elegante atuendo blanco” (٤٧). Más rasgos o datos relevantes son la edad —se trata de un hombre maduro— y que viva con sus dos hermanas solteras. El narrador es huésped y testigo de la vida familiar de los Malabert; especialmente, identifica la intransigencia con que ellas tratan al hermano; por supuesto, un lector perspicaz tendría que prever una explicación posterior para esta mala actitud (protención); nuevamente, la respuesta está en el final de la historia.
Dado que el barco que el narrador espera para cerrar el negocio se tarda en arribar al puerto, éste decide recorrer la aldea y así coincide con quien fungirá como su informante; en la descripción del informante hay un dato que también reaparece en el final y que es trascendental para la decodificación; me refiero a la prenda que lleva puesta y a su específico color: “En veinte minutos había finalizado mi paseo, y un poco deprimido busqué el mar. Al pasar por un desembarcadero reconocí una lancha y un negro con pantalón de baño guinda” (53). Previamente, en la negociación entre Felipe y Francisco ya había aparecido el mismo joven al fondo del escenario. En una primera instancia, conoceremos algunas pistas del cuento dentro del cuento por la conversación entre el negro y el narrador, sobre todo los detalles de la cotidiana convivencia de las hermanas con el hombre. El siguiente fragmento de la charla tendría que leerse en clave irónica, es decir, contrariando su significado literal; me refiero al hecho de que se subraye su caballerosidad (es de esperarse que sólo en una segunda lectura pueda captarse la ironía):
La quietud nos rodeaba. Como si sólo unos metros de agua se balancearan bajo el bote. Y el sol flameaba arriba, quemando un cielo blanco. Miré hacia la casa de los Malabert: en la terraza vigilaba solitario el rojo parasol. El negro había seguido mi mirada:
—¿Te acomoda don Paco Malabé, blanco?
—Es un caballero, dije.
—Sí, señor, qué caraho. Un caballero, un perfecto caballero. Y una persona de verdá verdá [...] (53).
Por la plática entre Felipe y el lanchero, también sabemos que este último había mantenido una relación amistosa con don Francisco, a pesar de sus marcadas diferencias sociales; y que las hermanas objetarían e imposibilitarían cualquier cercanía entre ellos en el futuro; la duda no puede omitirse: ¿por qué si es el hombre más poderoso no puede elegir libremente a sus amigos? Hacia el final de la conversación, hay otro fragmento que tendría que leerse otra vez en clave irónica, con la comprensión de que don Francisco posee una identidad diversa. Por tanto, la interpretación de la enfermedad expuesta por el mulato la relativiza el lanchero con las siguientes palabras:
—Esah cañah sin asúca, esoh esqueletoneh con faldah no lo dehan ni sacá lah nariseh. Sólo para ir a misa.
Casi lo tenía en mis oídos: el frufrú de la falda de doña Gloria de los Ángeles Malabert.
—No lo dehan...
—¿Por qué? —pregunté— ¿Está enfermo?
—¿Enfermo, dise? Según como tú lo veah. Sí señó, según como tú lo veah. Aunque pué que se le llame enfermedá, pué.
—¿Qué le pasa, entonces?
El negro hurgó con su mirada en mis ojos, movió el brazo hacia atrás, palmeó el motor de la lancha (54).
Otro dato trascendental es la existencia de un motor diésel que don Francisco regaló al lanchero para que éste no revelara al pueblo el secreto de su identidad femenina:
—¿Te fijah, blanco? Eh un motó Disel. Un disel de loh buenoh. Arranca casi solito.
Siguió palmeando el metal. Paf paf paf... Callábamos. La sombra veloz de una gaviota me cruzó la frente sudorosa, como queriendo enjugármela. Allá lejos, detrás de las ondulantes paredes de calor, bufaba un automóvil.
—Él me lo regaló —añadió el negro—. Y te voy a desí por qué, por un favor de ná, sólo por callarme la boca.
Me miró inclinando la cabeza a un lado, la quijada suelta.
—Oye, blanco, ¿tú me dah tu palabra de caballero que no se loh cuentah a nadie? ¿Que no cuentah lo que yo te voy a contá?
—Palabra de caballero.
—Júralo.
—Lo juro.
—Pueh tú veráh... (54).
En el texto de la edición de Ven, caballo gris, hay un espacio en blanco que sirve para remarcar la estructura y la división entre una temporalidad y la otra, entre la escena del diálogo con el lanchero y el recuento hecho por Felipe de lo que aconteció entre los personajes (se abre este nuevo pasaje todavía con algunas palabras del diálogo). En primer lugar, en este apartado, se reitera el anhelo que el hombre pobre tuvo alguna vez por aquel motor diésel para su barco —cuando platica con Felipe ya es dueño de ese motor que había anhelado—. Es decir, hay una marcada analepsis. Como parte de dicha analepsis, vemos a don Francisco en compañía de sus hermanas al salir de su casa con dirección a la iglesia. En ese momento, aparece el negro de quien no sabíamos el nombre: Nepomuceno. Don Francisco abandona la iglesia, halla al negro y lo cita con cierta urgencia en su casa; es fundamental observar cómo muchos de los datos antes identificados van reapareciendo; por ello, la retención se convierte en una herramienta indispensable en la comprensión general:
—Negro, yo quiero que tú vengas a casa, que deseo hablar contigo.
“Y qué caraho, blanco, yo lo seguí, porque pa’ eso tá uno, y máh cuando la gente eh de verdá verdá. Y me llevó al caserón, abrió la puerta y entramoh loh doh en lo ojcuro, tú te imaginah, ahí loh doh solitoh...”
Los dos, el atlético negro en su traje de baño guinda y el mulato rico, delgado, pequeño, con sus labios finos, sus canas, sus ojitos soñadores. Ahí, en la húmeda sombra del zaguán, a unos pasos del jardín incendiado en colores.
“Y entonseh noh vimoh un ratito, ¿te fijah?, yo a él y él a mí. Y luego don Paco Malabé me dise con una vosesita de ná, me dise:
—Oye negro, ¿tú me hablahteh una vé de un motó?” (56).
El narrador se encarga ahora sí, a partir de este momento, de relatar con su voz lo que le han contado a él previamente, así reelabora la historia del lanchero Nepomuceno; por él sabemos que las hermanas se habían quedado escuchando la misa y que Francisco abandonó la iglesia; que ellas supusieron que él estaba enfermo, que llegaron a la casa y que encontraron algo que no se correspondía con ninguna de sus expectativas. Me es indispensable transcribir el final del texto de José de la Colina puesto que aquí reaparecen casi todas las piezas del rompecabezas. Es necesario observar cómo nos desconcierta la resolución de la historia; en ello coincidimos con las hermanas de Francisco: hay una sorpresa que nos embarga:
Descienden del coche, las dos caminando bajo las sombrillas de color impreciso (acaso verde, acaso amarillo), las dos agitando los armatostes que ahuecan sus vestidos; se llegarán al portón de noble madera labrada, harán que el aldabón, la principesca mano metálica y verdinegra, dé tres golpes —que resuenan en todos los pasillos, en todas las habitaciones, en el jardín, en toda la amplitud inmóvil y callada que habita la mansión—, esperarán, volverán a tocar, pero antes del tercer aldabonazo la puerta rechina alejándose de los nudillos de Rosario Dulce, y un soplo de fresca penumbra roza a través de los velos los rostros arrugados.
—¿Paquitooo?
Avanzan por el pasillo, sus nerviosos murmullos apagados por el murmullo de las faldas, avanzan y pasan la sala, una alcoba, y luego otra —es la de Gloria de los Ángeles, y el armario muestra los cajones abiertos, desbordando ropas revueltas—, llegan a la habitación de Paquito, empujan la puerta, y entonces se han quedado inmóviles, como congeladas por un terrible fogonazo de magnesio: en la habitación, de pie, hay una mujer extraña, una mujer pequeña, de piel casi azul, de labios delgados, de ojitos que encierran un lento humo interior; luego una fugaz silueta negra y guinda ha saltado por la ventana, se oye su zambullida en el mar, mientras esa mujer, esa desconocida mujer de apellido Malabert, sonríe temerosa, recordando que cuando Paquito, hace muchos años, en la infancia, se disfrazó de niña, el entonces vivo señor Malabert lo castigó con dos meses de encierro en casa (57).
En la larga oración del primer párrafo aquí citado —componente estilístico esencial en muchos de los cuentos de José de la Colina—, se plantea la llegada y la insistencia de las hermanas. Esto sirve para incrementar la tensión y retrasar el descubrimiento, la epifanía. Del último párrafo, habría que destacar las prendas en el suelo —nuevamente, su razón de ser sólo se confirma un poco más adelante—; asimismo, la aparición de esa “mujer extraña”, la “desconocida mujer”; y, finalmente, la inserción de aquellos componentes que habían aparecido ya antes, por aquí y por allá: la piel casi azul y los labios delgados; la silueta en fuga que contiene dos colores: es negra (por la piel de Nepomuceno) y es guinda (por el traje de baño que éste portaba). Acaso para reforzar y asegurar la identificación plena de este personaje en apariencia nuevo, el narrador la describe así: “[...] esa mujer, esa desconocida mujer de apellido Malabert, sonríe temerosa, recordando que cuando Paquito, hace muchos años, en la infancia, se disfrazó de niña, el entonces vivo señor Malabert lo castigó con dos meses de encierro en casa”. Hay una suerte de desdoblamiento: esa mujer sería Paquito, pero al mismo tiempo ya no lo es —podría incluso, por ello mismo, pensarse en la transexualidad. Para el personaje acorralado, su identidad es clara; por ello, la historia del niño regañado no es propiamente la suya. Imposible no destacar la sonrisa temerosa, una sonrisa de alguien que cometió una travesura. De forma implícita, además, se comprende el porqué del regalo del motor diésel (el secreto resguardado), la relación tensa entre don Francisco y sus hermanas (la identidad de género), y el motivo real por la cual le han prohibido convivir con el lanchero Nepomuceno, su probable amante. Todo esto lo tendría que derivar el lector, acaso no en una primera lectura, pero sí al captar las palabras de la narración en una lectura complementaria.
Conclusiones
De la Colina escogió un asunto del que poco se hablaba en la sociedad mexicana de los años cincuenta; o bien, si se planteaba se hacía desde el previsible escarnio, desde la cruel burla y la intolerancia, como un ejemplo de lo sórdido. Recuérdese lo que registró al respecto Carlos Monsiváis en su repaso de la cultura mexicana de aquel siglo, la visión que se tuvo por entonces de la homosexualidad: “Un homosexual se degrada voluntariamente al asemejarse a las mujeres, y la condena machista es el registro público y privado de esa degradación” (59). El autor hispanomexicano creó un narrador que puede contemplar los hechos con cierta objetividad y distancia, y los transforma en verdadera literatura por la forma en que se construye la historia; para decirlo con Julio Cortázar: aquí se ha ganado por knockout. El hombre más respetable y poderoso de aquel pueblo llevaba una vida secreta; había sido capaz, sin embargo, de ocultar quién era en la realidad; pero ese ocultamiento no podía ser perfecto ni tampoco para siempre. He reiterado que probablemente la mayoría de los lectores de “Los Malabé” no esperen un final como éste; pero una relectura aclararía cómo se construyó y cómo se nos preparó para aceptarlo; en este sentido, es apropiado recordar ahora lo que señaló Iser: “El entendimiento con el texto, por tanto, se efectúa mediante la autocorrección latente de los significados que el lector constituye condicionado por la situación” (130). La narración parecería, por principio de cuentas, recrear la historia de un sencillo agente comercial; y termina por convertirse en algo muy diferente: en el reconocimiento de una identidad de género distinta. Pienso que uno de los grandes aciertos es la forma en que todo esto se expone por medio de las protenciones y de las retenciones. De tal modo que el lector, sin haberlo buscado ni escogido, se convierte en un cómplice indispensable de la situación; alguien que termina por conocer la psicología de Malabert y el contenido verdadero de sus deseos, alguien que lo mira tal y como en realidad es. Acerca del final del cuento, éste se ajusta con la descripción de Lauro Zavala para este tipo de narraciones: “El final, entonces, es epifánico, de tal manera que la historia está organizada con el fin de revelar una verdad en sus últimas líneas” (28). Insisto en que esa verdad es su pertenencia al ámbito de lo queer, de la diversidad sexual, en una época en que todavía no se podían aceptar las sexualidades periféricas porque se les remitía a lo invisible. El travestismo o la transexualidad del personaje ejemplifica así la diferencia.
En las consideraciones acerca de la publicación y recepción de “Los Malabé”, cité unas palabras provenientes de la pequeña reseña publicada por José Emilio Pacheco. Allí el autor de Morirás lejos subrayó “la conciencia artística del joven narrador”. Esta afirmación podría interpretarse con dos perspectivas complementarias: primero, acaso el crítico realiza tal reconocimiento por la sofisticación con que está construido el relato, por la forma en que muy cuidadosamente se prepara al lector para el efecto –para decirlo con Edgar Allan Poe–, por la sofisticada estructura, por la diseminación inteligente de cada uno de los datos, por el uso pues de las protenciones y de las retenciones; pero también puede pensarse incluso en algo más: que la conciencia artística se explique por la selección del tema y por la resolución de la historia, por esa necesaria exploración de una cuestión moral que no podría soslayarse por siempre en el moderno campo literario en México.6 Es un cuento, claro está, que divierte e interesa al lector, pero que también lo obliga a confrontar una realidad tal vez incomprensible para muchos hombres y mujeres de la época: la irrupción de lo queer. A lo largo del trabajo he vacilado en el uso de algunas categorías. Si bien en el mundo actual lo queer incluye la diversidad sexual en todas sus facetas, en los años cincuenta la terminología era evidentemente otra. Me parece que resulta imposible leer el cuento en este nuevo milenio sin actualizar lo que el personaje representa para nosotros: un ser que transgrede las normas sociales y que paga un precio; una manifestación real de lo queer. Es un texto que incorpora, en fin, algunas de las estrategias que José de la Colina reiteradamente usó en la escritura de su obra literaria y en que aprovecha un tema, sin duda, sugerente y aun peligroso. Pueden en este contexto recordarse las palabras de Hernán Lara Zavala: “[...] en el cuento, el método más innovador, el que más revela, es aquel que responde de manera más natural al propio temperamento del escritor” (376). “Los Malabé” es un cuento, al igual que en muchos otros de Ven, caballo gris, donde se refleja con plenitud el temperamento del joven narrador José de la Colina.
Beristáin, Helena. Diccionario de retórica y poética. 9ª ed. Porrúa, 2006.
Carballido, Emilio. El norte. Universidad Veracruzana, 1958.
Chaves, José Ricardo. “Afeminados, hombrecitos y lagartijos. Narrativa mexicana del siglo xix”. México se escribe con jota. Eds. Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán. Planeta, 2010, pp. 65-85.
Cortázar, Julio. “Algunos aspectos del cuento”. Teorías del cuento I. Teorías de los cuentistas. Ed. Lauro Zavala. unam, 1993, pp. 303-324.
De la Colina, José. Cuentos para vencer a la muerte. Los Presentes, 1955.
_____. “Ven, caballo gris”. Revista de la Universidad de México, vol. 13, núm. 2, 1958, pp. 7-9.
_____. Ven, caballo gris. Xalapa, 1959.
_____. ZigZag. “El cocodrilo de San Miguel”. Aldus, 2005, pp. 60-69.
_____. Traer a cuento. Narrativa (1959-2003). Pról. Adolfo Castañón. fce, 2014.
Fonseca Hernández, Carlos y María Luisa Quintero Soto. “La teoría queer: la de-construcción de las identidades periféricas”. Sociológica, núm. 69, 2009, pp. 43-60.
Iser, Wolfgang. El acto de leer. 2ª ed. Pról. Cristina Oñoro. Trad. J. A. Gimbernat. Taurus, 2022.
Lara Zavala, Hernán. “Un modelo para el estudio del cuento”. Casa del Tiempo, vol. 8, núms. 90-91, 2006, pp. 26-31.
Monsiváis, Carlos. “Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen (a propósito de lo queer y lo rarito)”. Que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos de la diversidad sexual. Próls. Marta Lamas y Alejandro Brito. Paidós, 2010, pp. 49-75.
Pacheco, José Emilio. “Reseña de Ven, caballo gris”. La Palabra y el Hombre. Revista de la Universidad Veracruzana, vol. 43, 1967, pp. 637-638.
Pereira, Armando. Diccionario de literatura mexicana. Siglo xx. Colaboradores Claudia Albarrán, Juan Antonio Rosado y Angélica Tornero. unam, 2000.
Poe, Edgar Allan. “La filosofía de la composición”. Pensadores norteamericanos del siglo xix. Una antología general. Ed. y trad. Isabel Fraire. sep, 1983, pp. 114-128.
Rodríguez Torres, Adriana Azucena. Las teorías literarias y el análisis de textos. unam, 2016.
Téllez-Pon, Sergio (ed.). Un árbol se expande en el cielo. Antología del cuento gay mexicano. Eagles, 2023.
Torres, Víctor Federico. “Del escarnio a la celebración. Prosa mexicana del xx”. México se escribe con jota. Eds. Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán. Planeta, 2010, pp. 86-100.
Valdés, Carlos. “Reseña de Ven, caballo gris”. Revista de la Universidad de México, vol. 14, núm. 2, p. 30.
Zavala, Lauro. “Un modelo para el estudio del cuento”. Casa del Tiempo, vols. 90-91, pp. 26-31.
1 Acaso sería imposible ofrecer una definición aquí que indique con total certidumbre qué es un cuento. Sin embargo, pueden recordarse estas iluminadoras palabras de Helena Beristáin: “El cuento se caracteriza porque en él, mediante el desarrollo de una sucesión de acciones interrelacionadas lógica y temporalmente, la situación en que inicialmente aparecen los protagonistas es objeto de una transformación” (Beristáin 126). Un elemento que parecería consustancial en su caracterización sería acaso la brevedad, pero es imposible llegar a un acuerdo absoluto en torno al número de páginas que no debería rebasar. En un trabajo que citaré más adelante, Hernán Lara Zavala considera, además, los cambios que el género ha gozado a lo largo de los siglos; puede deducirse que hay elementos que dificultan su definición por motivos diacrónicos.
2 Adriana Azucena Rodríguez lo ha explicado de este modo: “Con el conjunto de vacíos, expectativas e interrupciones el lector se ve inmerso en un proceso de constante ‘anticipación y retrospección’ que poco a poco crea la dimensión virtual del texto (confluencia de texto e imaginación); se trata del desarrollo del texto como acontecimiento vivo, impresión resultante de la conformación con la realidad. Al enfrascarse en el texto el lector se dejaría guiar por las maniobras de éste, romper con sus ideas preconcebidas. Así se establecen las afinidades entre el lector y alguien externo, que permiten experimentar lo desconocido; proceso conocido como identificación” (204).
3 El cuento, por ejemplo, no se halla en la reciente antología de cuento queer editada por Sergio Téllez-Pon del 2022, titulado Un árbol se expande en el cielo, acaso por ser José de la Colina un autor poco leído en la actualidad. Debo advertir que no expondré en mi trabajo los antecedentes de la narrativa queer en México. Al respecto, pueden leerse los ensayos de José Ricardo Chaves y de Víctor Federico Torres en México se escribe con jota (2010). Chaves estudia textos del siglo xix y Torres textos del siglo xx. Otra fuente de consulta posible sería el Diccionario de literatura mexicana, coordinado por Armando Pereira. Allí se ofrece un listado de obras y de autores en la entrada “Literatura homosexual”. Especialmente, deseo destacar los dramaturgos de los años cincuenta que se indican: Sergio Magaña y Luis G. Basurto, pero también una novela de José Revueltas de los años cuarenta, Los muros de agua (1941).
4 Todas las citas que haré de los cuentos provienen de la misma edición de Ven, caballo gris de 1959, de la Universidad Veracruzana.
5 Después de estudiar sendos textos de Ignacio Rodríguez Galván (“Manolito, el Pisaverde”) y de Amado Nervo (“Aventura de carnaval”) que incluyen personajes travestis, José Ricardo Chaves apunta lo siguiente: “En ninguno de los cuentos el travestismo se fundamenta en una búsqueda de identidad sexual, aunque igual se generan consecuencias en el campo del deseo (propio y ajeno). Ninguno de los personajes disfrazados tiene que ver con un perfil de homosexualidad, aunque algunos de los que los rodean es muy probable que sí, aunque ellos no lo sepan ni quieran saberlo” (73). En “Los Malabé”, por su lado, sí podría preverse esa convivencia entre la identidad sexual y el deseo homosexual, como ya se apuntará más adelante en el análisis. Acerca de travestismo, y siguiendo el pensamiento de Judith Butler, apuntan Carlos Fonseca Hernández y María Luisa Quintero Soto lo siguiente: “Es un modo de representación y aproximación, razón por la cual el travestismo es la forma más corriente en que los géneros se teatralizan, se apropian, se usan y se fabrican” (49). Me parece que este concepto puede iluminar aspectos centrales del personaje del cuento de José de la Colina.
6 En la breve novela El norte de Emilio Carballido, publicada en 1958 y también editada por la Universidad Veracruzana, se incluye un personaje travesti; es el hermano del protagonista. Con absoluta naturalidad, se le describe así: “A Florencio le encantaba vestirse de mujer, y a veces le daba por contonearse más que la hermana. Era muy bueno, el consentido de la mamá, y tenía con ella larguísimos conciliábulos que nadie más oía” (17).