Una visión esclarecedora

y crítica de la bioética

Paulina Rivero Weber, Introducción a la bioética. Desde una perspectiva filosófica, México, Fondo de Cultura Económica / Universidad Nacional Autónoma de México / Programa Universitario de Bioética, 2021.

El libro que aquí se reseña presenta un panorama muy esclarecedor acerca de lo que es la bioética y sus problemas más urgentes. Paulina Rivero Weber, siempre con espíritu crítico y con una claridad que se agradece, nos ofrece este texto para adentrar en la bioética a todo aquel que se quiera aproximar no desde un enfoque específico como el de la medicina o las ciencias ambientales, sino desde una visión más fundamental, incluso más originaria, como es la filosofía.

Desde el prólogo, Rivero nos sitúa frente al problema que justifica la redacción de este libro: la falsa creencia de que la bioética surgió al margen de la filosofía y que sólo posteriormente ambas disciplinas (como si fueran saberes separados) formaron un vínculo, cuando toda bioética es, antes que nada, una ética. La ética, por cierto, no es lo mismo que la moral, aunque también suele haber confusiones al respecto.

En efecto, ante una ciencia compuesta de muchos saberes, en la introducción se describe el papel que juega la filosofía en la bioética, no enfocándose en un objeto específico, sino abarcando una perspectiva panorámica que sólo su posición teórica puede ofrecer, encontrando aquello que es común dentro de la diversidad. Por lo mismo, una cuestión muy importante en la que Rivero pone especial énfasis es en la laicidad que debe caracterizar a toda bioética, pues de otra forma ya estaríamos minando la posibilidad de diálogo y apertura racionales. “Una bioética que no sea laica simplemente no es bioética” (23).

A continuación, en el primer capítulo, se aborda la relación entre los conceptos de vida, ética y bioética. De entrada, el ámbito donde vida y ética confluyen es justamente la bioética, de manera que esta última puede entenderse como la disciplina que “se ocupa de la vida en todas sus diferentes manifestaciones” (33). Para alumbrar esto, hay dos filósofos que, de acuerdo con Rivero, son especialmente importantes para la bioética aun cuando no usaron expresamente tal término. El primero de ellos es Nietzsche, para quien la vida es ese “torrente de fuerza que se transfigura en forma artística” (42). A diferencia de Sócrates, quien creía que una vida es valiosa sólo cuando puede ser examinada (esto es, reflexionada), Nietzsche nos invita a establecer un parámetro de valoración ética que se base en el grado en que un acto es generador y procurador de vida, así como a estimar en su justa dimensión el poder regulador de los instintos.

El segundo filósofo al que Rivero se refiere es Heidegger, quien describió una estructura de pensamiento humano a partir de la cual nos relacionamos técnica e instrumentalmente con el mundo (Ge-stell), valorando a otros seres sólo en la medida en que cumplen una función útil, desechándolos en cuanto dejan de servirnos, impidiéndole así a cada ser su derecho a existir, a ser un ser en sí mismo. Es lo que llamó “el olvido del ser” (55) y la tecnología es síntoma de ese olvido, pero también, al mismo tiempo, la que puede salvar al planeta; todo depende de la ética y el sentido con los que se conduzca.

Una vez abordados estos dos importantes referentes filosóficos, Rivero retoma otras dos figuras fundamentales para el nacimiento de la bioética como ciencia independiente. Si bien, es Van Rensselaer Potter a quien se le atribuye el cuño de la palabra bioética en 1970, y con ello el origen mismo de la disciplina, Rivero nos recuerda que fue Fritz Jahr el primero en usarla en 1927 para describir aquella ética de inspiración kantiana que propusiera el respeto por todo ser viviente, de tal suerte que del imperativo categórico pasemos a un “imperativo bioético” (63). El problema con Potter es, para Rivero, que su consideración bioética no dejó de ser antropocentrista, por un lado, y, por otro, que, al ser un científico, la medicina terminó por confundir a la bioética con la ética médica, confusión que hasta nuestros días prevalece.

Luego, en el segundo capítulo, Rivero nos habla del estrecho vínculo que guarda el humanismo con el antropocentrismo, así como estos dos con el concepto de persona. De inicio, nos recuerda el carácter casi sagrado de la palabra humanismo, pero acto seguido nos sugiere desmitificarla dado el sentido antropocéntrico que contiene. En lugar de pensar que “nada humano me es ajeno”, donde se asume que sólo lo humano se siente como propio, la autora nos anima a pensar con mayor sensibilidad y empatía todo lo que nos rodea, seres vivientes y no vivientes (como los ríos o el aire), pues todos son elementos que sostienen la vida, tal como lo concibió el daoismo. Entonces, más que en un humanismo, Rivero propone pensar en términos de un “ecocentrismo ontológico” (80-81), donde nada de lo que existe nos sea ajeno.

Por otra parte, la autora nos habla del significado de ser persona. Contrariamente a lo que se piensa, la raíz etimológica de persona no tiene su origen en la máscara, sino, más concretamente, en la función que las máscaras cumplían en el teatro griego, que era la de ser una especie de altavoz para que el actor pudiera ser escuchado mejor por el público (per-sona, personare, “hacer sonar”). Por tanto, la palabra persona tiene el sentido de “aquel que tiene voz”, de “aquel que se hace escuchar” (83). Es decir, persona es aquella que tiene capacidad de expresarse con lo que adquiere personalidad y que está más allá de una pura clasificación biológica como la de “humano”: “Un embrión humano es humano, pero no es persona. Un animal no humano no es humano, pero es una persona si tiene una personalidad propia”, afirma Rivero (86).

En el tercer capítulo se señalan los problemas más urgentes a los que está llamada a atender la bioética. El primero de ellos es la diferencia entre la agresión y la violencia, estableciendo con ello una correspondiente comparación entre una moral animal y la ética humana. A diferencia de los animales, que pueden agredir para defender su territorio o a su manada, el hombre violenta sin sentido evolutivo o de supervivencia, destruyendo todo lo que toca. El animal posee instintos que regulan su conducta, adquiriendo normas de comportamiento para no aniquilarse entre sus miembros; en el hombre, en cambio, esos instintos naturales han desaparecido, enfermándolo y enajenándolo respecto del mundo al que pertenece.

Posteriormente Rivero aborda los problemas del especismo y el cambio climático. Y es que para nuestra autora el primero es la causa del segundo. Al no respetar la vida de otras especies tampoco respetamos sus hábitats, con lo que hemos alterado el equilibrio de los territorios y de ecosistemas completos. Cuestionando visiones como las de Descartes y Spinoza, Rivero considera, siguiendo a Darwin, que los seres humanos no somos en absoluto superiores a ningún otro animal, por lo que su explotación debe ser seriamente cuestionada, especialmente cuando se hace con medios crueles y contaminantes, como suele ser el caso de la industria cárnica.

Los dos siguientes problemas que aborda Rivero son los del aborto y la eutanasia, frente a los cuales nos sentimos llamados a invertir ciertos valores; la pertinencia de la noción de muerte digna y el juramento hipocrático son algunos de ellos. Asimismo, apelar a la calidad de vida por encima de una vida colmada de carencias y sufrimientos es una consideración de lo más necesaria. De este modo, un diálogo que se base en argumentos razonados antes que en creencias religiosas y discursos que sólo buscan el poder, es indispensable para liberarnos de las estructuras morales que oprimen, así como para reformular leyes y políticas públicas más justas y equitativas. Por todo esto, Rivero considera que es más pertinente adoptar una ética de las consecuencias antes que una de principios.

Los dos últimos problemas tienen que ver con grupos vulnerables, a saber, los viejos y las personas con discapacidad. En el primer caso, entabla un fructífero diálogo con Simone de Beauvoir y Norberto Bobbio, mientras que en el segundo parte del relato El país de los ciegos, de H. G. Wells. En general, nuestras perspectivas de la vejez y la discapacidad dependen mucho de las condiciones socioeconómicas y culturales donde se suscitan. Para un viejo, por ejemplo, no es fácil vivir la senectud en un mundo que valora la productividad y la eficiencia por encima de todo, pero más aún donde no hay condiciones económicas adecuadas para el retiro. Algo similar puede decirse de la discapacidad. En este sentido, Rivero señala la riqueza que encierra la palabra viejo, por una parte, y, por otra, reconoce que, si bien la palabra discapacidad no es la adecuada, también es cierto que es la única posible cuando una sociedad no otorga las condiciones necesarias para que una persona con capacidades diferentes pueda desenvolverse cómoda y adecuadamente en su entorno.

Finalmente, en el epílogo, Rivero recurre a la noción de compasión para recordarnos que todos, animales humanos y no humanos, somos seres sintientes, capaces de experimentar dolor y placer, razón por la cual requerimos adoptar formas de vida más respetuosas con el entorno, con los hogares de otras especies, con sus hábitats: “sólo una comprensión honesta de la com-pasión y actuar en consecuencia podrán salvar la vida de nuestro planeta”, sentencia Rivero (174).

A lo largo de este libro y siempre en diálogo con los filósofos de la antigüedad clásica, Rivero ha tenido el acierto de trazar diversas fronteras donde tradicionalmente no las ha habido en bioética; pero, al mismo tiempo, lejos de pretender arrojar certezas definitivas, la autora nos deja la tarea de repensar ciertos supuestos que hasta hoy han pasado por incuestionables. Con el espíritu nietzscheano que siempre la acompaña, ese mismo que, con mirada genealógica, valoró ante todo la vitalidad y el júbilo dionisíacos, Rivero nos invita a sospechar de muchos de los valores que hoy sostienen la bioética, no para derrumbarlos sin más, sino para darles un nuevo sentido y significado.

Jaime Trueba César

Universidad de Guanajuato