La naturaleza como comunidad

en la ética de Aldo Leopold

Nature as Community in Aldo Leopold’s ethic

Mónica Uribe Flores

Universidad de Guanajuato

uribe@ugto.mx

Resumen: Aldo Leopold es considerado el más influyente conservacionista estadounidense del siglo xx. En el libro titulado A Sand County Almanac (1949), Leopold propuso una ética ecológica, basada en el reconocimiento de la interdependencia que sostienen los miembros bióticos y abióticos de una comunidad, de la cual los seres humanos formamos parte. En este artículo se presentan las ideas de Leopold sobre la necesidad de desarrollar una ética de la tierra que trate las relaciones humanas con el resto de la naturaleza, bajo la expectativa de que una mayor conciencia ecológica contribuirá con la participación respetuosa de los humanos en la comunidad de la tierra.

Palabras clave: ética, ecología, interdependencia, comunidad, entorno natural.

Abstract: Aldo Leopold is considered the most influential American conservationist of the 20th century. In his book, A Sand County Almanac (1949), he proposed an ecological ethic based on the recognition of the interdependence of the biotic and abiotic members of a community, of which humans are a part. This article presents Leopold’s ideas on the need to develop a land ethic that addresses human relationships with the rest of nature, with the expectation that greater ecological awareness will contribute to respectful human participation in the land community.

Keywords: Ethics, Ecology, Interdependence, Community, Natural environment.

Recibido: 1 de agosto del 2025

Aprobado: 17 de septiembre del 2025

Doi: 10.15174/rv.v18i37.869

Que la tierra es una comunidad, ese es el concepto básico de la ecología; pero que debemos amar la tierra y respetarla, eso es una ampliación de la ética.

Aldo Leopold

La naturaleza es indisociable de la historia humana, pues de ella depende y dependerá siempre nuestra sobrevivencia. En concordancia con muchas de las inquietudes ambientales que se advierten en los ensayos del conservacionista estadounidense Aldo Leopold (1887-1948), considero indispensable reflexionar sobre las interacciones que como sociedades humanas tenemos con otras especies, con los entornos que habitamos y con todo aquello de lo que hacemos uso para alimentarnos, encontrar resguardo, trasladarnos y realizar las actividades que conforman tanto nuestra subsistencia como el desenvolvimiento de nuestra cultura. En la vida humana, incluso el esparcimiento y la apreciación estética, el cuidado de la salud o la interacción social, están colmados de nuestras prácticas, saberes e imaginarios respecto de la naturaleza. ¿Cuál es nuestro lugar en este complejo y vasto entramado de materia y energía? ¿Solemos otorgarnos una posición relacional no jerárquica respecto de las especies no humanas? ¿Cómo podemos abastecernos, tener cobijo y, en general, subsistir y desplegar las posibilidades de la vida sin que ello conlleve violencia y devastación? Con estas preguntas a la vista, quisiera presentar algunas ideas de Leopold, biólogo y pensador reconocido en los ámbitos académicos de la filosofía ambiental y la ecología, principalmente.

La idea de un entorno en que la naturaleza se encuentra libre del impacto de las actividades humanas se ha ido desdibujando desde hace varias décadas. La urgencia de conocer, pensar y actuar para frenar el ascenso de la temperatura del planeta es indisociable de las responsabilidades políticas y sociales que tienen todos los gobiernos del mundo y que desbordan, con mucho, la agencia moral de individuos y comunidades. No obstante, la escala cotidiana y muchas veces imperceptible de la vida de personas, familias, granjas, pueblos, barrios o ciudades, pone de manifiesto tanto la presencia como la ausencia de algún grado de preocupación ante el deterioro ambiental, así como de las prácticas derivadas de tal preocupación. En la dimensión de los entornos locales y de las personas que los habitan, Leopold propuso una ética de la tierra que pudiera desarrollarse con más largos y profundos alcances que los de las reglamentaciones, las políticas públicas o los avances de la tecnología. Dicha ética, eminentemente humana, habrá de reconocer las responsabilidades de nuestra relación con la tierra y nuestro lugar como miembros de una comunidad biótica en la que todos los miembros tienen derecho a la subsistencia. Cuando Leopold preparó la serie de escritos que se publicó en 1949 como A Sand County Almanac (Almanaque de Sand County), dedicó el ensayo “Una ética de la tierra” a presentar y defender la idea de que la ética debe extenderse más allá de los individuos y sociedades humanos. En la actualidad, los debates sobre los derechos de los animales, al menos de los que están bajo cuidado humano, tienen ya una considerable historia, así como importantes logros. La ética que Leopold propuso, no obstante, apuntaba más allá de los animales domésticos y de los animales en general, pues los individuos y especies particulares no eran lo único que le preocupaba. Son las redes de relaciones entre individuos, especies y componentes no orgánicos lo que constituye la propuesta ética de Leopold. Podríamos decir que es una ética de ecosistemas o, usando sus términos, de comunidades. En sus escritos hay frecuentes alusiones a que nuestro interés por la tierra es principalmente económico, lo que propicia una atención selectiva a ciertos elementos de los entornos naturales. Como más adelante veremos, los intereses económicos promueven prácticas que, tarde o temprano, conllevan desequilibrios ecológicos. En este sentido, se puede reconocer el compromiso de Leopold con la conciencia ambiental, así como con las valoraciones y prácticas que les son consecuentes.

Leopold estudió, trabajó y reflexionó sobre los entornos silvestres y también sobre la naturaleza domesticada y familiar, en contraste con filósofos como Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau o naturalistas como John Muir, quienes dedicaron su atención a la naturaleza indómita de los Estados Unidos. En sus escritos, Muir, Emerson y Thoreau ensalzan la vida silvestre y manifiestan un sentimiento religioso hacia la naturaleza que no ha sido domesticada. Aunado al carácter místico, la inmersión en un entorno natural tiene para estos autores un carácter estético acorde con la expectativa, marcada desde la filosofía del siglo xviii, de contemplar desinteresadamente, sin fines prácticos o teóricos ulteriores. En Estados Unidos, durante la segunda mitad del siglo xix la naturaleza indómita seguía siendo, como había sido para muchos artistas del romanticismo europeo, la gran maestra del espíritu humano. Aun cuando Leopold respondía a las exigencias prácticas del uso de la tierra y a la consecuente necesidad de conservarla tan sana como fuera posible, es indudable que fue influenciado por el entusiasmo y la persistencia de autores como Muir y Thoreau, a quienes cita en sus escritos. En la primera parte del almanaque, por mencionar un ejemplo, Leopold afirma que Wisconsin debe a Muir el origen del cuidado de todos “los seres naturales, salvajes y libres” (Una ética de la tierra cap.1) La referencia aparece cuando cuenta sobre el derrumbamiento de un viejo roble partido por un rayo. El árbol había crecido en la granja adquirida por Leopold y, según su estimación, el primer anillo del tronco databa de 1865. La chimenea que calentaba la casa de la granja fue alimentada con leña obtenida de ese roble, a base de una poda cuidadosa. Quien tiene una granja, pensaba Leopold, está a salvo de creer que la comida viene de la tienda y el calor de la caldera. John Muir sabía también por experiencia propia lo que era la vida rural, pues creció en una granja de Wisconsin. Para ninguno de ellos cabía duda de que necesitamos recurrir a la naturaleza para nuestra subsistencia y desenvolvimiento. Muir fue de la vida rural a la vida silvestre, pasando por la Universidad de Wisconsin, en la ciudad de Madison. Leopold conoció los avatares y fortunas de la granja hasta que tuvo 48 años. Tras haber estudiado silvicultura en la Universidad de Yale y ejercido la profesión primero en el suroeste de Estados Unidos y posteriormente en Wisconsin, en 1935 adquirió una propiedad rural que había sido sobreexplotada. Junto con su familia trabajó en la restauración del suelo y la vegetación; el lugar se volvió para ellos un refugio. A lo largo de los años escribió notas sobre lo que sucedía a su alrededor, principalmente en la vida silvestre que se desarrollaba en la granja. Lo silvestre y lo cultivado no eran para él ámbitos opuestos, sino complementarios y, en muchos casos, coexistentes. Leopold, como señala Kohler, fue un científico residente que pasó largas temporadas en el lugar que estudiaba o en el que intervenía como funcionario del servicio forestal. También podemos reconocer que, en su condición de propietario y habitante de una granja, su intervención en ella era a la vez una oportunidad para estudiar, observar y disfrutar. Digamos que fue un científico residente y un residente científico, lleno de curiosidad y admiración por la naturaleza, como puede advertirse en los textos de A Sand County Almanac.

Los estudios universitarios en manejo forestal eran muy recientes cuando Leopold era joven, pues fue apenas en 1900 que Gifford Pinchot y Henry Graves establecieron la primera escuela de silvicultura. Fue ahí donde Leopold estudió Gestión forestal entre 1905 y 1909. Pinchot fue una figura extremadamente influyente y un operador de la política de protección de bosques instaurada por el presidente Theodore Roosevelt quien, en 1905, creó el Servicio Forestal de Estados Unidos. Movidos en un primer momento por intereses comunes, los conservacionistas de principios del siglo xx tuvieron más tarde conflictos que se convirtieron en escisiones. Pinchot y Muir, cercanos durante una época y opuestos después, reflejan los dos enfoques reconocibles en el ambientalismo de entonces: el conservacionismo y el preservacionismo (Meine, “Conservation Biology”; Riechmann). El primer caso está representado por Gifford Pinchot, quien reflejaba la visión utilitaria de protección ambiental. Había que hacer un uso racional y eficiente, científicamente informado, de los recursos naturales, hasta entonces explotados sin conocimiento ni reglas. Pinchot sabía que la naturaleza, por vasta que fuera, no era inagotable; un manejo adecuado permitiría que futuras generaciones contaran con los recursos necesarios para continuar el desarrollo del país. El lado opuesto de la protección ambiental, identificada como preservacionismo, tenía la orientación espiritual y estética de autores como Emerson, Thoreau y el propio Muir. No se trataba de optimizar recursos, sino de minimizar daños y de permitir que la naturaleza quedara tan indómita e intacta como fuera posible. Es claro que el enfoque antropocéntrico del conservacionismo contrasta con el enfoque biocéntrico del preservacionismo. Leopold se refería a sí mismo como conservacionista pero, como deja ver especialmente en “Una ética de la tierra”, la orientación que acabó por adoptar se acerca al preservacionismo.

Aldo Leopold egresó en 1909 como maestro en silvicultura y ese mismo año se incorporó al Servicio Forestal de eeuu. La formación académica de Yale tenía la orientación utilitarista de Pinchot. Como queda reflejado en la temprana escritura leopoldiana, la conservación de la naturaleza era importante porque los humanos necesitamos recursos para nuestras necesidades de alimento, cobijo, ropa, pero también para nuestras aspiraciones espirituales, entre las cuales están el esparcimiento y ¿por qué no? la contemplación estética. Había que optimizar los recursos naturales, hacer un uso racional de los mismos, para que nunca nos faltaran. El progreso material y social de la civilización estaría fundado en la ciencia y su aplicación; con ello, las formas tradicionales de relacionarse con la naturaleza, de hacer uso de la tierra, de los animales y las plantas, quedaron relegadas. Concretamente, los usos y costumbres, el pensamiento y la cultura de las poblaciones indígenas, no parecían tener cabida. Dominaba una visión tecnocientífica que no buscaba preservar tradiciones sino impulsar el proceso civilizatorio con la ilusión del progreso material.

La carrera de Leopold como profesional en gestión forestal inició en Arizona y Nuevo México. En su condición de funcionario de Estado, se ocupó de supervisar el manejo de bosques y de vida silvestre en una región con diversas poblaciones indígenas (Navajos, Pueblo, Apache). En aquellos años siguió las políticas del Estado sin ser del todo inmune a lo que iba aprendiendo de los conflictos, diferencias, prácticas y creencias de los indígenas (Shilling). Con el tiempo maduró un espíritu crítico con respecto a su formación universitaria, a las políticas forestales, a las prácticas agrícolas, a la cacería y, en general, a la relación con la tierra. Sus estudios en manejo forestal, la pasión que desde niño tuvo por los animales silvestres, su afición a la caza, sus actividades como profesor y como investigador de campo, su pertenencia a múltiples organizaciones relacionadas con la protección y manejo de vida silvestre, dieron a Leopold habilidades, conocimientos y experiencias tanto placenteras como profundamente inquietantes. Algunas de ellas parecen haberse quedado en un terreno de reflexión marginal, mientras que otras, al cabo de un largo tiempo de asimilación y reconsideración, tomaron una forma reconocible en los escritos de A Sand County Almanac, su obra más conocida actualmente. Leopold empezó a trabajar en ella desde 1941 (Riechmann); esta obra concluye con el famoso ensayo “Una ética de la tierra”, cuya redacción completa corresponde a 1947 (Meine, “Moving Montains”). Al año siguiente envió el manuscrito a la editorial de la Universidad de Oxford. Unos meses más tarde, la editorial le comunicó la aceptación del libro, que acabó por publicarse póstumamente pues, de manera inesperada, Leopold murió una semana después de la notificación de la editorial.

En una época de expansión de la maquinaria agrícola, Leopold observaba con preocupación que las rápidas alteraciones provocan desequilibrios y, en ocasiones, catástrofes como las grandes tormentas de polvo que azotaron una buena parte del territorio estadounidense en la década de los treinta.1 Ante los bruscos cambios ocasionados por la actividad humana, la naturaleza no tiene tiempo de encontrar las adaptaciones necesarias para autoorganizarse de nuevo. Para Leopold, esta brusquedad es violencia ejercida contra la naturaleza y, con ella, contra todo lo humano.

Leopold pensaba que la ciencia es indispensable para el manejo adecuado de los ecosistemas, pero que resulta insuficiente para asegurar que los humanos tengamos una relación prudente y respetuosa con la naturaleza. Para ello es preciso abandonar la creencia de que somos propietarios o conquistadores dispuestos a someter al mundo natural. Incluso la persona que posee un pedazo de tierra debería reconocer que, en realidad, más que una pertenencia, lo que tiene es un objeto precioso bajo su cuidado. Ante la naturaleza tenemos obligaciones y responsabilidades derivadas del uso que hacemos de ella. El oficio de Leopold era la gestión sostenible de los bosques, lo cual supone un enfoque instrumental de la conservación, orientada a la satisfacción de las necesidades humanas; no obstante, en su caso dicho enfoque no constituía una visión antropocéntrica de la tierra. La intención de extender la ética más allá de las sociedades humanas era, para la joven ecología de la época, completamente novedosa (Piccolo 1586).

Es importante advertir que el término que Leopold usa es land que, a diferencia de earth, no hace referencia al planeta tierra sino a los sistemas de vida que dependen directamente de los suelos. Podría considerarse que la propuesta de Leopold es restrictiva, pues no hay en ella un tratamiento de los ecosistemas marinos. Las competencias con las que contaba Leopold no permitían que hablara sobre los océanos, como tampoco habló sobre lo que no conocía de primera mano. Ello no impide que la conceptualización de una ética de la tierra (land) pueda entenderse, a posteriori, como una ética del planeta tierra (earth). En ambos casos, la afirmación y defensa de una nueva concepción de las responsabilidades humanas respecto del medioambiente como comunidad, conserva el sentido de la ética ambiental propuesta por Leopold.

Como es sabido, el teólogo alemán Fritz Jahr introdujo el término bioética en su artículo de 1927, publicado en la revista científica Kosmos. En él establecía un imperativo bioético: “Respeta a todo ser vivo como un fin en sí mismo, y trátalo coherentemente en tanto sea posible” (Jarh, en Roa-Castellanos y Bauer 102). Jahr sabía que la bioética no era un hallazgo de su época. En Europa, Francisco de Asís o Jean-Jacques Rousseau fueron ejemplos de consideración y amor hacia los animales y plantas. De acuerdo con Jahr, durante el siglo xix Alemania recibió la influencia de tradiciones provenientes de la India, en las que priva la concepción del mundo unido orgánicamente. Leopold, por su parte, nunca habló de bioética.2 Sus ideas y las de Jahr corrieron vidas paralelas y, aunque sus planteamientos y enfoques difieren en más de un sentido, ambos autores consideran indispensable el desarrollo de una ética incluyente de seres vivos no humanos. Como hemos visto, Leopold la extiende aún más al incorporar también a los elementos no vivos del medio ambiente y, sobre todo, al concebir sistemas enteros como objeto de consideración ética. Ya sea que trate de seres humanos o de la tierra entera, a toda ética le corresponde reconocer a cada individuo como miembro de una comunidad que integra animales humanos y no humanos, plantas, suelos y agua. (Leopold, A Sand County Almanac 239).3 La idea de comunidad resulta crucial para entender el pensamiento de Leopold y para sopesar su relevancia en el ámbito de la ética ambiental. Una comunidad no es solamente un grupo de agentes bióticos y abióticos, sino una red de interacciones en la que no hay miembros irrelevantes, incluso si desconocemos cuál es su rol en el entramado de relaciones. Leopold sabía que nuestro conocimiento de los entornos naturales y de las interdependencias que en ellos se dan es limitado, pero que justamente por ello es preferible actuar con precaución. Dicho de otro modo, el que desconozcamos, por ejemplo, si la presencia de una especie es o no benéfica para otra lo que refleja es nuestro desconocimiento, no su escasa o nula importancia en la comunidad.

Según Leopold, las relaciones entre los humanos y la tierra constituyen la ética más abarcadora, pues en ella están incluidos todos los seres vivos y todos los elementos abióticos con los que están vinculados. La ética de la tierra no se ha desarrollado aún porque nos relacionamos con la naturaleza en términos estrictamente económicos (Leopold, A Sand County Almanac 238). Desde este ángulo, protegemos lo que nos parece económicamente valioso, y lo hacemos privilegiando nuestros intereses por encima de la sobrevivencia de individuos o especies particulares, lo cual compromete la estabilidad de la comunidad. El canto de las aves, las flores silvestres o incluso ecosistemas enteros como pantanos o desiertos son ejemplos de eventos naturales sin valor de lucro; ¿carecen por ello de valor ecológico? La mentalidad económica propicia la eliminación de especies vegetales que a granjeros o silvicultores les parecen improductivas o menos rentables que otras, a las que darán prioridad. El árbol del que no se obtiene buena madera, la flor silvestre que no puede ser vendida, el árbol que crece demasiado lento para ser productivo y, ni se diga, los grandes depredadores que disminuyen la población de animales de caza, sencillamente estorban y son prescindibles para quienes, incapaces de verse como miembros de la comunidad, se consideran dueños de la tierra y sus habitantes. Si la mayoría de los seres vivos son de escasa utilidad económica ¿qué futuro hay para la biodiversidad y, con ello, para la salud de la tierra?

La ética que Leopold propone es un llamado a renunciar al antropocentrismo, pues los seres humanos somos tan sólo una especie entre otras. Como todas las demás, buscamos la subsistencia y la persistencia de nuestra especie; pero ¿por qué hemos de hacerlo de manera violenta, forzando transformaciones, explotando y exterminando? “Abusamos de la tierra porque la vemos como una mercancía que nos pertenece. Cuando pensemos en la tierra como en una comunidad a la que pertenecemos, podremos empezar a usarla con amor y respeto” (Leopold, Una ética de la tierra prólogo). El respecto al que Leopold aspira es hacia los individuos y hacia la comunidad como tal, pues una cosa no puede desligarse de la otra. Este es el enfoque propio de una conciencia ecológica y de la conservación entendida como “un estado de armonía entre los hombres y la tierra” (Leopold, Una ética de la tierra cap. 3). La ecología nos muestra que la estabilidad de la comunidad biótica depende de su integridad. La explotación de la tierra es incompatible con su estabilidad; el uso, alteración o manejo de la tierra como pretendida fuente de recursos no debe conllevar la explotación. La comunidad biótica no está al servicio de los intereses humanos. Leopold sostiene que, además del uso que hacemos de la tierra, podemos y debemos preservar zonas silvestres, en el estado más natural posible.

En el pensamiento de Leopold es posible encontrar la convicción de que el conocimiento, la producción de bienes y servicios, la recreación y cualquier forma de relación con el entorno natural requieren de conciencia tanto ética como ecológica, así como de políticas y acciones consecuentes con tal conciencia. Tanto la educación como el sistema económico deben cambiar su rumbo. “Me resulta inconcebible que pueda haber una relación ética con la tierra sin amor, respeto y admiración por esa tierra, y una alta estima de su valor” (Leopold, Una ética de la tierra cap. 3). En esta afirmación Leopold introduce elementos afectivos y estéticos, como el amor y la admiración que, a diferencia del respeto, podrían parecer innecesarios para hablar de ética. Pero ¿necesitamos amar y admirar aquello con lo que nos vinculamos bajo parámetros éticamente aceptables? ¿No basta acaso con establecer una relación respetuosa con los miembros de la comunidad? En realidad, Leopold no supone que las consideraciones afectivas o estéticas sean una condición necesaria para que exista una ética de la tierra; lo que defiende es que nuestra relación ética con ella está impregnada de la fascinación y el aprecio que sentimos, al margen del beneficio personal o social que la tierra pueda brindarnos. Leopold llegó a proponer que la apreciación estética impulsa el desarrollo de la relación ética con la tierra. Sobre ello volveré más adelante.

Los términos que enlazan la ecología y la ética son los de comunidad e interdependencia, que se implican mutuamente. El concepto de comunidad tuvo su auge en los años 20 del siglo pasado. En ello fue crucial el trabajo del zoólogo británico Charles Elton a quien Leopold conoció a principios de la década de los 30. Para Elton, todo organismo tiene un rol en la comunidad. De acuerdo con Flader y Callicott, el paradigma ecológico se movió entonces del modelo de naturaleza como organismo al de naturaleza como sociedad. Sin embargo, el concepto de ecosistema, introducido por el botánico Arthur Tansley en 1935, probó ser un término técnicamente más útil que el de comunidad. Tansley consideraba que tanto organismo como comunidad tenían un carácter metafórico, por lo que propuso el de ecosistema, inspirado en la física; este nuevo tecnicismo era “una alternativa completamente abstracta y científicamente madura” (Flader y Callicott 7; la traducción es mía). Sin duda, en un ecosistema se identifica la interdependencia de los elementos que lo conforman, sin que ello suponga un compromiso ético, como sí lo supone el concepto de comunidad como lo emplea Leopold. Los ecosistemas son locales, por vastos que sean. La idea leopoldiana de comunidad no delimita territorios ni temporalidades; puede por ello objetarse que es una noción vaga y poco funcional en términos científicos. Pero justamente es por la amplitud por lo que Leopold parece haber apostado. No sabemos dónde ni cuándo empiezan o terminan las relaciones de interdependencia; lo que sabemos –en la actualidad con mayor claridad y alcance que en la época de Leopold– es que los seres humanos impactamos en la comunidad de maneras que escasamente podemos prever. La interdependencia de la que habla Leopold incluye modos de interacción basados en la necesidad: un ave necesita un árbol para anidar; un suelo fértil necesita agua y aire. Sin embargo, siguiendo la interpretación de Millstein (2024), hay otras formas de interdependencia, como la vulnerabilidad. Lo que los miembros de una comunidad hacen o dejan de hacer tiene impacto sobre la estabilidad o fragilidad de miembros bióticos y abióticos de la comunidad.

Como hemos visto, la ética de la tierra habrá de desarrollarse bajo la misma premisa de la ética de las interacciones humanas: todos y cada uno de los individuos somos miembros de una comunidad cuyas partes dependen unas de otras (Leopold, A Sand County Almanac 239). Podríamos decir que hasta la roca más inerte es miembro de la comunidad biótica. El sol mismo, inalcanzable e inalterable, participa en la comunidad, pues sin la energía solar la vida no sería posible. Leopold no menciona el sol cuando enlista a los miembros de la comunidad, pero sí lo implica al explicar la dinámica de una pirámide biótica: las plantas absorben la energía solar; la energía fluirá en toda la pirámide, cuya base es el suelo, en el que crecen las plantas, que alimentan a los insectos y otros herbívoros; los insectos alimentan a las aves y roedores, que a su vez alimentan a los carnívoros, ubicados en el nivel superior de la pirámide. Esta pirámide trófica muestra una de las formas de interdependencia más notables entre miembros de una comunidad: la obtención de nutrientes y de energía para procesarlos.4 En cada ecosistema, las plantas y animales nativos son cruciales para el funcionamiento de la pirámide. Aunque a corto plazo la ausencia de especies nativas pueda pasar inadvertida, tarde o temprano aparecerá el efecto de su eliminación. Leopold sabe que los seres humanos somos, con mucho, los principales responsables del desplazamiento, disminución o extinción de especies nativas. Las interacciones entre miembros de una comunidad biótica no son hechos aislados, pues el tejido de la comunidad se extiende en el espacio y el tiempo –el largo tiempo de la evolución–. Como antes mencioné, puede ser que en muchos casos no sepamos en qué consisten las interacciones, pero sabemos que hay interdependencia. Tal como entiendo la propuesta de Leopold, las valoraciones y prácticas que buscan fundarse solamente en el conocimiento científico resultan insuficientes a la luz de las limitaciones de lo que sabemos. Es preciso que se acompañen de una noción extendida de respeto y afecto por la comunidad y cada uno de sus miembros, que nos lleven a evitar posibles daños. Leopold considera indispensable que seamos prudentes y que actuemos con cautela cuando las certezas son escasas.

De acuerdo con Flader y Callicott, el término “ética de la tierra” hizo su primera aparición en una conferencia de 1935 titulada “Patología de la tierra” (Land Pathology). En ella Leopold hablaba también de una consideración estética de la tierra. En el campo se ha abusado de la maquinaria en muy poco tiempo y el “uso estético” se ha escindido del “uso económico”. Mientras que en las ciudades hay cierta cultura estética, el campo parece haber perdido el sentido de lo bello y muchos propietarios rurales no muestran interés más que por lo que puede proporcionarles una ganancia económica.

Leopold consideraba que hay tres condiciones para que pueda surgir una ética de la tierra. La primera es la protección del interés público en tierras privadas; los propietarios son en realidad custodios de la tierra y sus valores, tanto económicos como estéticos. En virtud de que tales valores son públicos, los propietarios tienen la responsabilidad social de cuidar la tierra (Leopold, “Land Pathology” 217). La segunda condición es la renovación de la estética de la tierra en la cultura rural. Y la tercera, ya en marcha, consiste en la implementación y perfeccionamiento de prácticas de recuperación ambiental (Leopold, “Land Pathology” 215). La ética de la tierra, como la empezaba a pensar Leopold desde entonces, provenía de la aplicación adecuada del conocimiento y de lo que podríamos llamar una “nueva sensibilidad” social y personal, ética y estética a la vez. Su comprensión de lo estético es intuitiva y, digamos, coloquial, más que filosófica, lo cual no impide que encontremos una genuina reflexión respecto del lugar que ocupa lo estético en la vida humana. La apreciación y el goce que tenemos de los entornos naturales parecen ser para Leopold impulsos primigenios, tan inmediatos que no requieren justificación alguna. Si seguimos el hilo de lo que plantea, es posible trazar esta analogía: así como una parcela puede ser despojada de la flora y la fauna nativas, el sentimiento estético también puede ser desplazado por el interés económico. En la conferencia sobre la patología de la tierra, Leopold propone conciliar utilidad y belleza. Si bien algo útil no necesariamente es bello, y algo bello no necesariamente es útil, la idea de Leopold es que una cualidad no excluye la otra. Sin embargo, cabría preguntar si en algún momento la utilidad deja de ser una pauta antropocéntrica. La única respuesta que podemos ofrecer es que, a la luz de las nociones ecológicas que cada vez tomarán más fuerza en el pensamiento leopoldiano, lo que es útil para los humanos no debe serlo a costa del daño a la comunidad biótica. Un entorno rural sano, aunque manejado por los humanos, tendría entonces que exhibir diversidad e integridad y, de este modo, manifestar la belleza natural. Hasta aquí, la inclusión de la belleza resulta muy razonable y sugerente. Ahora bien, ¿no puede la expectativa de belleza tener consecuencias desfavorables o hasta perturbadoras para nuestra relación con la tierra? Llevemos la preocupación de Leopold respecto de los intereses económicos al campo de la apreciación estética. Difícilmente podríamos decir que todos los miembros de la comunidad cumplen con los cánones de belleza dominantes. ¿Qué haremos –o que hacemos– en el jardín con los insectos que nos disgustan o a los que tememos, sin saber siquiera si son o no peligrosos para nuestra integridad? ¿Cómo elegimos la fruta que comemos? ¿Qué dejamos fuera y que enmarcamos en el recuadro de nuestras preferencias? A la luz de la propuesta ética de Aldo Leopold, parece que la belleza, como categoría estética positiva, tiene una peculiar fuerza en la conciencia ambiental, siempre y cuando no quede restringida a una noción ornamental y complaciente. La belleza de la que Leopold habla es la que manifiesta la integridad de la comunidad y sus miembros. En este sentido, no puede entenderse como una cualidad aislada, sino eminentemente relacional.

Leopold no ofrece una conceptualización que permita identificar qué entiende por belleza. Lo que sí presenta es la implicación entre la integridad de la comunidad biótica y su belleza. El sentido de la ética de la tierra me lleva a pensar entonces en una estética del entorno natural atravesada por la bioética ambiental de corte leopoldiano, en la que la comunidad y la interdependencia abren la posibilidad de apreciar la naturaleza como un complejo entramado. A mi juicio, tal apreciación habría de convocar también a la inquietud, el desasosiego, incluso el terror ante el desequilibrio o la vulnerabilidad de la integridad de la comunidad biótica, pues la admiración y el gozo ante la belleza no son lo único posible o relevante en la relación estética con la naturaleza. La sensibilidad estética no sería previa a la ética ni lo contrario; tendríamos, en cambio, un circuito en el que ambas se retroalimentan y que nutren la comprensión de la naturaleza como comunidad.

Referencias

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Kohler, Robert E. “Paul Errington, Aldo Leopold, and Wildlife Ecology: Residential Science”. Historical Studies in the Natural Sciences, vol. 41, núm 2, mayo 2011, pp. 216-54.

Leopold, Aldo. A Sand County Almanac. With Essays on Conservation from Round River. Oxford University Press, 1966.

_____. Una ética de la tierra. Catarata, 2017.

_____. “The Last Stand”. The River of the Mother of God, and Other Essays by Aldo Leopold, Susan Flader y Baird Callicott (eds.), University of Wisconsin Press, 1991, pp. 290-294.

_____. “Land Pathology”. The River of the Mother of God, and Other Essays by Aldo Leopold, Susan Flader y Baird Callicott (eds.). University of Wisconsin Press, 1991, pp. 212-217.

Lutz Warren, Julianne. Leopold’s Odyssey. Island Press, 2016.

Meine, Curt. “Conservation Biology: Past and Present“. Conservation Biology for All, Navjot Sodhi y Paul Ehrlich (eds.). Oxford University Press, 2010, pp.7-26.

_____. “Moving Mountains. Aldo Leopold and A Sand County Almanac”. Aldo Leopold and the Ecological Conscience, Richard L. Knight y Suzanne Riedl (eds.). Oxford University Press, 2002, pp. 14-27.

Millstein, Roberta. The Land is our Community. Aldo Leopold’s Environmental Ethic for the New Millenium. The University of Chicago Press, 2024.

Piccolo, John. “Celebrating Aldo Leopold’s land ethic at 70”, Conservation Biology, vol. 34, núm 6, mayo 2020, pp. 1586–1588.

Riechmann, Jorge. “Introducción”. Una ética de la tierra. Catarata, 2017.

Roa-Castellanos, Ricardo y Cornelia Bauer. “Traducción de los Textos Sobre el Imperativo Bioético y la Biopsicología de Fritz Jahr (1929-1933)”. Revista Latinoamericana de Bioética, vol. 9, núm. 2, julio-diciembre 2009, pp. 92-105.

Shilling, Dan. “Aldo Leopold Listens to the Southwest.” Journal of the Southwest, vol. 51, núm. 3, otoño 2009, pp. 317-50.

  1. 1 Lutz Warren ( 152-157) ofrece un claro relato de la crisis ocasionada por las tormentas de polvo (fenómeno conocido como Dust Bowl), además de la adversidad económica y la devastación ambiental de los años 30 en Estados Unidos.

  2. 2 Cabe señalar que la ética de la tierra de Leopold inspiró al bioquímico estadounidense Van Rensselaer Potter quien presentó la Bioética como un puente entre ciencias y humanidades. Potter dedicó su libro Bioethics Bridge to the Future (1971) precisamente a Aldo Leopold (Roa-Castellanos y Bauer).

  3. 3 Las referencias a los textos contenidos en A Sand County Almanac serán a la edición inglesa (Leopold, A San County Almanac), que tiene una sección tomada por los editores de otra publicación de Leopold. Solamente cuando se trate de una cita textual se tomará la edición española de Jorge Riechmann (Leopold, Una ética de la tierra).

  4. 4 Se extraña, desde luego, la inclusión de bacterias y hongos, tan importantes para el suelo. Leopold hace muy escasa referencia a microorganismos y hongos. En un artículo periodístico de 1942 admite que la ciencia sabe que existe una comunidad de bacterias, insectos y hongos debajo de la tierra, pero que el conocimiento sobre estos organismos es incipiente (Leopold, “The Last Stand” 293).