Edición y poesía
de Laura Méndez de Cuenca
Laura Méndez de Cuenca, Poesía, Ángel José Fernández (ed.), Xalapa, Universidad Veracruzana, 2024.
El polémico Harold Bloom solía traer a su memoria una discusión con el formalista L. C. Knights, quien consideraba absurdo tratar a los personajes de Shakespeare como creaturas vivas. En la anécdota de Bloom, la postura del académico pretendía evidenciar el olvido de medio siglo de teoría asimilada en nuestras universidades, e igualmente exhibir el consabido error de confundir el terreno de la ficción con el mundo afuera de la página; una postura que siempre me ha parecido similar a la de quienes acusan la incongruencia de las interpretaciones filológicas de la poesía, cuando denuncian el atrevimiento de intentar reconstruir la vida de los poetas a través de sus obras. A Bloom, siempre abierto a la disputa, le parecía una excelente oportunidad para defender que, si Lady Macbeth tuvo hijos, fue sólo uno, asesinado por su primer marido. En el caso de las obras poéticas, mi conjetura suele ser que, para los poetas, la poesía realmente nunca ha estado apartada de la vida, o todavía más: que la verdadera vida de los poetas son sus poemas. La vieja querella contra el formalismo parece caduca, pero aún en 2025 escucho a estudiantes de Letras escandalizarse con las lecturas de la poesía de Manuel Acuña, Xavier Villaurrutia o Rosario Castellanos que apelan a ese caos de rasgos humanos que anteceden la escritura de cualquier obra literaria, aunque sea menos común en el caso de las escritoras a quienes, en sentido contrario, se les ha reducido a la expresión de anécdotas, testimonios o sentimientos, como si la métrica fuera cosa de hombres.
Esta edición de la obra poética de Laura Méndez rompe con ese pretendido supuesto. Podemos empezar por aclarar que el libro está integrado por dos grandes secciones. La primera, contiene un extenso estudio introductorio, en el que Ángel José Fernández plantea el estado actual de la poesía de Laura Méndez, esto es, la historia de las composiciones íntimamente ligadas a su biografía, a los sucesos históricos que la envolvieron, así como a la interpretación de las posibles ausencias o silencios en su producción; seguida de una revisión de sus editores así como de una prolija exposición de las fuentes. La segunda parte presenta la obra poética hasta ahora conocida de Laura Méndez. Expresamente, esta edición no intenta ser una reunión completa ni definitiva de un corpus que aún podría nutrirse con versiones nuevas, composiciones desconocidas, o el hallazgo de algunas piezas de las que apenas tenemos noticia, pero que no han sido recuperadas por el estado que guardan nuestros archivos y repositorios en México. La obra aquí reunida –64 composiciones originales y 20 versiones, imitaciones y traducciones– se nos presenta como una versión fijada de los poemas, con aparato de variantes, respeto a los cambios autorizados en el momento por su autora y enmienda de las erratas de imprenta que se han reproducido a través de las décadas, para mostrarnos una versión más íntegra de la obra poética, que pueda servir de base a estudiosos, antologadores o cualquier lector. Además, los poemas vienen acompañados de notas del editor, en las que puede apreciarse la investigación que está detrás de esta compilación. En ellas se nos brinda una explicación de cada poema, el contexto biográfico e histórico en que surge, además de una historia mínima de la elección de las formas, las metáforas e imágenes más recurrentes.
Sin duda, el ejercicio de la crítica literaria puede enriquecerse al leer las obras del pasado con los lentes de nuestro tiempo, sea cual sea el nombre que tomen las herramientas de la hermenéutica en boga, pero este anacronismo electivo nos conduce muchas veces a olvidar que las obras aparecieron en horas, en momentos específicos, si se pretende, por ejemplo, aspirar a comprender el sentido primario de tal o cual poema. Prevenidos contra el riesgo que entraña una confusión de la naturaleza que hemos mencionado, podemos tratar sin temor el tema fundamental de esta reseña: valorar una propuesta de lectura como la que nos entrega Ángel José Fernández en esta compilación. Cuando se distingue en el ejercicio de la crítica literaria una tendencia a encontrar en los poemas una finalidad humana, un sentido histórico y tradicional, una esencia –digamos– estrictamente subjetiva, se puede inferir que nos hallamos ante una propuesta de análisis e interpretación que se ha ido tejiendo a partir de dos hebras principales. Primero está aquella que podríamos denominar como la argumentación biográfica del corpus poético. La biografía aspira a la documentación exhaustiva tanto de la vida privada como de la vida pública de una persona: cuándo nació, dónde fue bautizada, con quién se casó, quiénes fueron sus padrinos, sus amantes, sus detractores. En pocas palabras: la argumentación biográfica de Fernández quiere desentrañar el misterio de una existencia a través de sus poemas e intenta alcanzar la amistad vicaria de Laura.
Veamos por caso, cómo al desvelar el “intríngulis amoroso” entre Méndez Lefort, Agapito Silva y el malogrado Manuel Acuña, nos expone el “Estudio introductorio” la siguiente secuencia de acontecimientos:
"Puede señalarse, en vista de la ingente cantidad de poemas arreglados en honor de Laura por parte de Agapito Silva, casi todos abundantes de tonos sentimentalistas, la existencia probada de una relación, la cual, además de haberse dado en la realidad, ocurriría en forma velada e intermitente, y a veces simultánea a la sostenida entre Laura y Manuel Acuña, en torno a esas rupturas de relación constantes como lo señalan, en número y suficiencia, los poemas del ciclo compuesto por el saltillense en honor de Laura. Todo parece indicarlo, pues al desvelarse esta relación triangular (al haberla descubierto Acuña o por habérsela confesado Laura a Manuel, tal como se desprende de la lectura del poema “¡Adiós” […]) sobrevino la ruptura definitiva entre Manuel y Laura, sin importar, inclusive, el embarazo consumado en torno a tan crítica situación y –meses más tarde– el nacimiento de su hijo natural, bautizado como Manuel Guillermo Acuña Méndez" (16-17).
Queda entendido, así, que la revisión pormenorizada del material humano atañe no sólo a la recolección de testimonios de época, archivos parroquiales o libros de historia, sino a las representaciones necesarias para documentar el paso de esta escritora por el mundo: cuáles fueron sus intereses, en qué periódicos publicaba, cómo se ganó el sustento diario, a qué atribuir sus prolongados silencios en el mundo literario. En México, la consulta de primeras ediciones así como el escrutinio de la prensa histórica es una tarea particularmente difícil, pero si esta compilación parece alcanzar a retratar el periodo exacto en que escribió su protagonista, también al dominio de estas fuentes se debe. He mencionado líneas arriba que la estrategia de lectura de Fernández está basada en dos hebras principales, una de las cuales ha sido la argumentación biográfica; pues bien, la segunda consiste en el dominio de la retórica. Es precisamente esta cualidad en la argumentación lo que eleva la imagen de Laura Méndez más allá de una extraordinaria mujer de su tiempo para enfatizarla como una extraordinaria poeta de su tiempo; desposeída, como expone el propio Fernández, de impostados feminismos, pero nunca de feminidad. El sonido de la lírica de Méndez de Cuenca aparece precisamente cuando se le pone en diálogo no sólo con los escritores de su generación sino al contrastarla con los de su época.
Podemos apreciar a partir de la lectura de Fernández que la expresión creativa de Laura Méndez la conduce a la elección de una aspiración clásica para su poesía, de inspiración romántica. De esta manera, es posible distinguir a través de las etapas de iniciación y madurez de su producción los grandes tópicos de la desgracia y la pérdida, en un primer momento; el compromiso social que da la voz a los desprotegidos, en un segundo, y, finalmente, el regreso al diálogo íntimo y de expresión modernista. Estados del espíritu que nunca cayeron en los excesos del preciosismo ni el manierismo, pero que mantuvieron sus versos con apego a las formas del canon: el soneto, las composiciones con versos pareados, los poemas con tercetos encadenados, en cuartetas, quintetas, quintillas, serventesios; recurrió a la jaula de oro de la décima; otras, a las estructuras romanceadas cuando no a la libertad de la silva. Su virtud común fue la desconfianza en la fácil resolución de un programa en verso, la idolatría de una vanguardia o una falsa tradición. Lejos de la distinción escolar entre forma y contenido, se nos muestra que Laura dominó la concordancia entre el tema elegido y el valor supremo de la estética que es la ética.
Laura Méndez no le roba a ninguna nación ni a ningún grupo literario, sino mantiene esa condición de honradez basada en la introspección inevitable. Esta actitud no provoca una producción exuberante, de hecho, como nos explica Fernández, la autora no reunió ni organizó su obra poética ni publicó en libro colección alguna de sus poemas, salvo la preparación de un tomo de cuentos en verso, pensado como texto escolar complementario para la educación de los niños. Pese a que el manuscrito fue rechazado, por cambios en la política educativa de la Secretaría de Instrucción Pública más que por su valor literario, el único par de “cuentos” que llegaron a la prensa nos demuestran su intención de hacer del verso un espacio para la enseñanza contigua de la fábula, como en el caso de “Los capones de Navidad”, donde a la par de una lección de la desobediencia y sus implicaciones, reconocemos la tesitura moral del arte, que permite perder y recuperar la pureza a un mismo tiempo.
Comencé esta reseña bajo la certeza de que la vida de los poetas son sus poemas; pues bien, algo equivalente podría afirmarse para los editores. No es difícil comprobar que esto es cierto en el caso de Ángel José Fernández. Su amor literario y su magisterio están plasmados en esta obra que tanto sus lectores como sus alumnos reconocen.
Diego Armando Lima
Martínez
Universidad Veracruzana