La literatura sobre perpetradores:
Hijo de la guerra de Ricardo Raphael
Literature About Perpetrators: Hijo de la guerra
by Ricardo Raphael
José Sánchez Carbó
Universidad Iberoamericana, Puebla
sanchezcarbo@yahoo.com.mx
Resumen: El contexto de violencia extrema (Sémelin) de las últimas décadas en México ha transformado los repertorios literarios. Cada vez más obras narrativas abordan este tipo de violencia desde la perspectiva de las víctimas, los testigos y, en menor medida, los victimarios, este último un ángulo sustancial para la comprensión de las formas en que los asesinatos en masa se reproducen. Hijo de la guerra (2019), de Ricardo Raphael, es una novela que, entre el periodismo, el testimonio, la biografía y la literatura, narra la historia de un sicario de los Zetas. Este artículo analiza la interrelación de las dimensiones éticas, estéticas y políticas del texto, así como la relación entre ficción, verdad y realidad (Saer), características tanto de la literatura posautónoma (Ludmer) como de la poética de la violencia (Tomás Cámara). Este abordaje permite analizar la dimensión dilemática de la literatura de la violencia extrema, así como los factores personales, sociales, políticos y culturales que atraviesan la vida de una persona que termina siendo víctima y victimario en el contexto de una sociedad extremadamente violenta (Gerlach).
Palabras clave: Literatura y violencia extrema, literatura postautónoma, ética literaria, Ricardo Raphael, Sociedades extremadamente violentas.
Abstract: The context of extreme violence (Sémelin) experienced in Mexico in recent decades has transformed literary repertoires. Narrative works increasingly address this violence from the perspective of victims, witnesses, and, to a lesser extent, perpetrators, the latter providing a substantial angle for understanding the ways in which mass murders are reproduced. Ricardo Raphael’s Hijo de la guerra (2019) is a novel that, combining journalism, testimony, biography, and literature, tells the story of a Zetas hitman. This article analyzes the interrelation of the text’s ethical, aesthetic, and political dimensions, as well as the relationship between fiction, truth, and reality (Saer), characteristics of both post-autonomous literature (Ludmer) and the poetics of violence (Tomás Cámara). This approach allows us to analyze the dilemmatic dimension of the literature of extreme violence and the personal, social, political and cultural factors that permeate the life of a person who ends up being both, victim and victimizer in the context of an extremely violent society (Gerlach).
Keywords: Literature and extreme violence, Post-autonomous literature, Text’s ethical, Ricardo Raphael, Extreme social violence.
Recibido: 4 de junio del 2025
Aceptado: 3 de julio del 2025
Doi: 10.15174/rv.v18i37.861
Las sociedades extremadamente violentas generan repertorios literarios, tanto temáticos1 como formales,2 alternativos a los establecidos por los códigos de creación y valoración de la esfera de la autonomía literaria. En México, en las últimas décadas, varias obras narrativas han representado o se han inspirado en trágicos episodios de violencia del crimen organizado. En general, la estética de esta literatura resulta de mezclar procesos de investigación con la ficción para aportar conocimiento sobre la realidad y posicionarse políticamente. Entre ellas destaca Hijo de la guerra (2019), en la que el periodista y escritor Ricardo Raphael elabora, por una parte, el perfil del victimario a través del testimonio de un miembro fundador de los Zetas y, por otra, expone el contexto familiar, social y político en el que se formó y operó este sicario.
Hijo de la guerra se suma a otras narrativas que adoptan la perspectiva del perpetrador.3 De acuerdo con Enrique Díaz Álvarez, cada vez más se explora la perspectiva de los que “obedecen ciegamente. Esa masa indiferenciada que muere y se regenera sin que a nadie le interese demasiado recordar su nombre e historia” (287). Raphael entrevistó semanalmente durante diez meses a quien decía ser Galdino Mellado Cruz, “el Z-9”, preso por entonces con otro nombre por un delito menor en el penal de Chiconautla, Estado de México. La “novela”, siguiendo los preceptos del nuevo periodismo, articula el testimonio oral y escrito de Mellado Cruz con la crónica, la pesquisa periodística, la intriga y los dilemas éticos de Ricardo Raphael al momento de procesar, ordenar y presentar la información y estructurar la narración del sicario.
Hijo de la guerra está marcada por las tensiones entre la ficción y la realidad propias de otras obras que representan hechos de violencia extrema. No obstante, contiene una variante: el elemento ficcional predomina en el testimonio del criminal, en las indagatorias, así como en los comunicados de las autoridades; mientras que la pretensión de verdad prevalece en las partes narradas por Raphael. La sucesión de capítulos es un continuo contrapunto entre el discurso oficial y el criminal con el literario-periodístico. Cada dicho del Z-9 y cada versión oficial busca ser corroborada consultando diversas fuentes.
La literatura sobre la violencia extrema persigue la verdad, la reconstrucción rigurosa de los hechos para cuestionar la versión oficial, aunque a veces recurra a la ficción, a partir de su sentido amplio como forma de abordar la realidad, no como un producto de la imaginación o una “reivindicación de lo falso” (Saer 12). La concepción de Juan José Saer sobre la ficción resulta esclarecedora para la literatura de la violencia extrema:
no se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la “verdad”, sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación, carácter complejo del que el tratamiento limitado a lo verificable implica una reducción abusiva y un empobrecimiento. Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento. No vuelve la espalda a una supuesta realidad objetiva: muy por el contrario, se sumerge en su turbulencia, desdeñando la actitud ingenua que consiste en pretender saber de antemano cómo esa realidad está hecha. No es una claudicación ante tal o cual ética de la verdad, sino la búsqueda de una un poco menos rudimentaria. (11)
Hijo de la guerra aporta elementos clave para intentar comprender la enrevesada realidad mexicana en la que funcionarios, empresarios, políticos y sociedad civil son cómplices de grupos criminales ya sea porque son cooptados, sobornados, amenazados o porque buscan lucrar no sólo con el tráfico de armas y drogas sino también con la extorsión, el secuestro, la trata y el lavado de dinero. Como biografía criminal y como crónica periodística, Hijo de la guerra nos permite tener un panorama de los orígenes, el sostenimiento y la normalización de la violencia extrema, así como de la regeneración de las filas y las redes criminales. En otras palabras, de cómo México se transformó en una sociedad extremadamente violenta (Gerlach).
“Nos han hecho parte de esta trama”
Una sociedad extremadamente violenta se caracteriza por los niveles superlativos de violencia cometida en contra de la población civil en la que participan directa e indirectamente, entre otros responsables, distintos niveles y fuerza del Estado. El concepto, acuñado por el historiador alemán Christian Gerlach, explica este tipo de sociedades por la violencia en masa ejercida y entendida como un proceso cuyas etapas (el antes, el durante y el después) son indispensables para la identificación de la multiplicidad de personas, elementos y condiciones concatenadas que la predispone, sustenta, justifica y reproduce. Este “período de extendido derramamiento de sangre” (15), característico de una sociedad extremadamente violenta, no es un hecho o acontecimiento delimitado en el tiempo y espacio (como el genocidio o la masacre se abordan muchas veces) sino parte de un amplio proceso.
En este tipo de sociedades la población civil es la principal víctima de la violencia ejercida por otros grupos e instituciones del Estado. La violencia que se propaga “en diversas direcciones y variedad de intensidades y formas” (Gerlach 16) tiene entre sus principales víctimas a los ciudadanos, aunque también es esencial subrayar que una parte de esta población colabora directa o indirecta en la promoción y generación de la violencia. La violencia en masa contempla actos como el asesinato, “el destierro o la expulsión forzosa, la hambruna, el desabasto obligado, los trabajos forzados, la violencia colectiva, los bombardeos estratégicos y el encarcelamiento excesivo” (Gerlach 15). Si bien en algunos casos pareciera que los ataques están dirigidos hacia un grupo específico de la población, la mayoría de las veces alcanzan a varios de ellos como lo demuestran los genocidios y algunas masacres del siglo xx (Gerlach 19-25). Desde esta perspectiva, la idea de una sociedad extremadamente violenta atiende los orígenes sociales y el nivel de involucramiento de distintos sectores de la población, incluida la sociedad civil. Como apunta Raul Hilberg, en el holocausto “participó un conjunto muy diverso de culpables”, encabezados por Hitler, pero acompañado por un número insospechado de colaboradores (funcionarios, burócratas, civiles, fanáticos, etc.) (11).
La concepción de Gerlach resulta adecuada para complejizar la violencia extrema dilatada en México. En principio porque contrarresta la explicación simplista y maniquea, reproducida y establecida en el imaginario social e intelectual, que se ha centrado en identificar una causa y un enemigo. Una causa es, sin duda, la estrategia de la “guerra contra las drogas” emprendida por Felipe Calderón en el 2006 para legitimar su gobierno y complacer mandatos del gobierno de los Estados Unidos, pero no es la única. El enemigo resulta de la lógica de la guerra. El gobierno calderonista identificó con el discurso bélico a los enemigos, a los otros, para justificar la participación del ejército en el combate contra el narcotráfico y, de paso, excusar innumerables daños colaterales, eufemismo marcial propio para ocultar las bajas civiles y la ejecución sumaria. Cuando se emprendió la guerra contra el narco y se militarizó la seguridad interna, las ciudades se poblaron de “cadáveres y restos humanos destinados a extender el miedo y la inseguridad. Cuerpos colgados de puentes, cuerpos decapitados, cuerpos desmembrados y vueltos a armar, cuerpos disueltos en ácido, cuerpos torturados, cuerpos abandonados portando un mensaje” (Díaz Álvarez 278). La presencia del ejército en muchas poblaciones, se ha demostrado, incrementó el número de homicidios (Rea y Ferri, 2019).
Esta mentada guerra como causa y la identificación de los enemigos narcotraficantes son parámetros que reducen o invisibilizan aristas y niveles de participación tanto del Estado como de otros sectores de la sociedad. Como muestra del nivel de implicación entre narcos y funcionarios. Otros factores estructurales y culturales son el caciquismo (varios narcos son caciques de sus zonas), la desigualdad, la pobreza, así como la impunidad y la corrupción en todo el aparato de justicia en México. De igual forma, Estados Unidos ha jugado un papel protagónico como consumidor, por las extensas redes de distribución de drogas establecidas en su territorio; como fabricante en el rentable negocio de las armas; como formador de militares latinoamericanos de élite que terminan incorporándose al crimen organizado y formando a otros jóvenes y a otros grupos; así como por la complicidad de sus agencias de seguridad (CIA, DEA) con narcos mexicanos. Tampoco se debe soslayar la relación con Centroamérica, en principio, por la nula defensa del gobierno mexicano de los migrantes que huyen de la violencia directa, estructural y cultural, así como de los autoritarismos de sus respectivos países, entre otros fenómenos. Tampoco pasar por alto, como evidencia Hijo de la Guerra, la colaboración de miembros de los kaibiles, ejército de élite guatemalteco, y los mareros con los narcos mexicanos. De ahí que lejos de cesar, la violencia ha resultado imparable en los sexenios de Felipe Calderón (2006-2012), Enrique Peña Nieto (2012-2018) y Andrés Manuel López Obrador (2018-2024). Según datos del INEGI del 2006 al 2022 en México se han cometido más de 430 mil homicidios (INEGI).
La dinámica que impone esta situación ha atravesado la vida privada y social de millones mexicanos. Palabras como decapitación, tortura, desmembramiento, desaparición, masacre, ejecución; o eufemismos como entambar, encajuelar, cocinar, encobijar, embolsar, emplayar son parte el necroléxico de la época actual. Una serie de expresiones, productos y prácticas culturales que reproducen o denuncian la violencia permean la sociedad, y la literatura no es ajena a estas circunstancias. En este sentido, a la par de una literatura comercial que idealiza la vida narco se produce otra que propone acercamientos críticos y éticos.
Literatura marcada por la violencia extrema
El campo literario mexicano está marcado por la violencia. Por distintos motivos, ya sea en su condición de víctimas, sobrevivientes, testigos indirectos o testigos intelectuales, escritores y escritoras han publicado, por una parte, propuestas literarias que procuran acercamientos éticos –resultado del discernimiento sobre el qué, para qué y cómo representar esos hechos– a través de la ficción, así como de recursos retóricos y poéticos; pero, por otra, junto a ellas, también hay una industria que comercializa obras, y otras expresiones culturales, en las que predomina la rentabilidad económica, la exposición de criminales como modelos a seguir, la exaltación de la crueldad o posicionamientos maniqueos y simplistas. La representación de la violencia tiene interés tanto social como comercial. Uno de los subgéneros más visibles de la narrativa mexicana en las últimas décadas tiene al narcotráfico como centro temático. No obstante, más allá de la literatura del narco o narconovela, cuyo membrete resulta “comercial”, “impreciso”, “estrecho” e “insuficiente” (Hernández Quezada 71), nos interesa abocarnos en una literatura que problematiza la violencia y “exhibe […] los dilemas con amplitud; […] los describe y denuncia, como si lo importante fuera dar fe no sólo de sus alcances sino también de los aspectos que los motivan e impulsan” (Hernández Quezada 70).
Bajo esta dimensión problematizadora y ética de la violencia extrema acaecida en México, con una diversidad de recursos tanto literarios como periodísticos, sociológicos, historiográficos o antropológicos, se integra un conjunto de obras literarias y testimoniales sobre feminicidios,4 desaparecidos,5 masacres de migrantes,6 masacres de estudiantes,7 asesinato de familiares de hijo/as y hermanas,8 procesos judiciales infernales9 o ciudades arrasadas.10 Como parte de este corpus de infamias, Hijo de la guerra (2019), de Ricardo Raphael, encara el tema de la violencia desde la perspectiva del perpetrador a través de un exintegrante de los Zetas.
Estos textos han recibido atención por parte de la crítica literaria a través de conceptos que buscan dimensionar una literatura que cuestiona las concepciones tradicionales de la literatura autónoma. Cristina Rivera Garza habla de necroescrituras (2019 [2013]), Magali Velasco de necronarrativas (2020), Dulcinea Tomás Cámara de literatura de la violencia (2017) y José Sánchez Carbó de literatura aplicada (2021). Tales marcos conceptuales tienen en común que identifican literaturas o narrativas que, producidas en contextos de violencia extrema, extienden sus propósitos más allá del orden estético, se apoyan en la investigación en archivos, documental o de campo, recurren a técnicas de investigación de otros campos e interpelan al lector acerca de la realidad relatada.
En estas concepciones yace explícita o implícitamente la noción de literatura posautónoma con la que Josefina Ludmer agrupó “escrituras” situadas en espacios urbanos específicos que problematizan la lectura literaria y la relación entre realidad y ficción si bien se inscriben en las dinámicas propias del campo literario. La literatura posautónoma:
borra la diferencia […] entre literatura fantástica o realista, literatura de la ciudad o del campo, […] Nación y sociedad eran los ejes de representación, que se borra un poco hoy con las ideas de éxodo, migraciones y transversalidades […] Y hasta se borran los géneros literarios (una escritura posautónoma puede ser ensayo, poesía, novela, cuento policial y de ciencia ficción, todo al mismo tiempo) […] Hoy asistimos al fin de las luchas por el poder en el interior de la literatura. (Ludmer, Lo que vendrá 300)
A estas obras “no se las puede leer con criterios o categorías literarias como autor, obra, estilo, escritura, texto y sentido” (Ludmer, “Literaturas posautónomas” 42).
Las ficciones producidas por el Estado, los criminales y los medios de comunicación obstaculizan y subestiman el acercamiento a la verdad. En cambio, las ficciones planteadas en las obras mencionadas tienden a visibilizar hechos que se quieren ocultar, denunciar actos de injusticia, impunidad y corrupción, elaborar contradiscursos, cuestionar las versiones oficiales (ficciones) que se presentan como verdad, poner en circulación palabras que describan la realidad en oposición a eufemismos e incluso exponer a agentes e instituciones implicados en el sostenimiento de una sociedad extremadamente violenta.
Como mencionamos, la ficción no es lo contrario a la verdad, no tiene “el propósito turbio de tergiversar la verdad” (Saer 11), sino que es una manera de problematizar la verdad que se quiere imponer a través de versiones oficiales o la verdad histórica.
Una “legión de soldados dispuestos
a hacer cualquier cosa”
Ricardo Raphael, en Hijo de la guerra (2019), aborda la violencia desde la perspectiva del victimario a través del testimonio de Galdino Mellado Cruz, miembro fundador de los Zetas. En diciembre de 1999 este grupo de exmilitares, autonombrados Zetas, se pusieron al servicio del narcotraficante Osiel Cárdenas Guillén. Enviados a la base militar de Fort Hood, Estados Unidos, para formarse como soldados de élite, aprendieron, entre otras aberraciones, a torturar y prolongar el martirio. En veinte años, los Zetas “infligieron terror como nadie lo [había] hecho antes en México” (Raphael 35).
Son uno de los grupos criminales más infames, por la desproporcionada crueldad de sus actos, pero también por el sádico legado que actualmente reproducen otros grupos criminales y paramilitares. Los Zetas ampliaron y radicalizaron la forma de operar de los narcos, transformando la operación de sus cómplices y sus rivales. La herencia paramilitar de los Zetas puede explicarse desde la pedagogía de la crueldad de Rita Segato, en la medida en que los hechos y las acciones de los Zetas enseñaron, habituaron y programaron “a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. En ese sentido, esta pedagogía enseña algo que va mucho más allá del matar, enseña a matar de una muerte desritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto” (Segato 11).
La actividad delictiva de los Zetas inició siendo escoltas de Osiel Cárdenas Guillén, líder del Cartel del Golfo. Arturo Guzmán Decena, su subalterno, fue el encargado de reclutar a catorce militares de élite que formaban parte del Estado Mayor Presidencial y del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE) del ejército mexicano, formado en la Escuela de las Américas, Estados Unidos, para combatir al ejército Zapatista.11 Con la captura de Cárdenas Guillén en 2003, los Zetas fueron conquistando territorios y poder hasta que en 2010 se independizaron del Cártel del Golfo en una sangrienta guerra: “la brutalidad de los enfrentamientos fue altísima”, entre los saldos más paradigmáticos y mediáticos de esta intestina lucha están las masacres de Ciudad Mier, Allende, San Fernando, Piedras Negras y Cadereyta (Sánchez Valdés y Pérez Aguirre 20).
Entre 2011 y 2015, desligados del Cartel del Golfo, los Zetas se convirtieron en uno de los grupos con mayor presencia en diversos estados de la República Mexicana. Su grado de violencia era inédito por su entrenamiento, estrategia y brutalidad. Los Zetas “desarrollaron un modelo de franquicias criminales que implicaba el arribo de una célula de los Zetas a una localidad, la eliminación de posibles competidores y la cooptación de las corporaciones locales de policía” (Sánchez Valdés y Pérez Aguirre 12-13)
Mellado Cruz autodefine a los Zetas como una “legión de soldados dispuestos a hacer cualquier cosa” (24), que deja “panteones por donde” pasa (298). El periodo narrado por Mellado Cruz, sobre el que investiga Ricardo Raphael, se centra en la ruptura y posterior enfrentamiento entre el Cartel del Golfo y los Zetas, pero la vida criminal de este sujeto atraviesa los sexenios de Zedillo, Fox, Calderón, Peña Nieto y López Obrador. Cuando Raphael le pide hablar de las masacres dice que fue lo más “jodido” y traumático, pues aún lo “despierta el griterío de aquellas madrugadas” (298). Sin especificar en cuáles participó, dice que son “hartos lugares […] decenas. Dejamos panteones por donde pasábamos. […] la mayoría de esos cuerpos fueron incinerados o sepultados” (298).
Estas historias ominosas son contadas en Hijo de la guerra en tres relatos intercalados. El primero está elaborado a partir de las entrevistas que Ricardo Raphael realizó a Galdino Mellado Cruz de mayo de 2015 a marzo de 2016 mientras estaba recluido en el penal de Chiconautla. El segundo relato, titulado “Diario de un hijo de la guerra”, dividido en varias partes a lo largo de las páginas, manuscrito por Mellado Cruz, narra episodios de su vida con los Zetas y cómo fue torturado por un grupo rival; cada nuevo episodio le era entregado a Raphael en la visita semanal. El tercer relato, identificado como “Apuntes de un periodista”, integrado por muchas partes disgregadas en el libro, compone la crónica de los encuentros con Mellado Cruz, los dilemas y los insomnios de Raphael respecto a la relación con esta persona, la forma de ordenar la información, la indagación sobre la identidad del criminal con múltiples alias y la confirmación de la veracidad de los hechos narrados en la entrevista y los manuscritos. De tal forma que hay una suerte de co-autoría en Hijo de la guerra.
El relato de Mellado Cruz, como dice el propio Raphael, resulta complejo en demasía porque alterna “los hilos de la verdad con los de la mentira” (433) y constantemente surgen “versiones contradictorias” (429). Para Raphael es claro que el sicario muchas veces inventa, aunque en otras aporta información que no era de dominio público. La mamá y la pareja de Mellado Cruz, entrevistadas por Raphael, lo consideran “un hombre propenso a la mentira” (393). No obstante, algunos episodios a los que hace referencia, cuando aporta detalles poco conocidos, corresponden a hechos consignados en expedientes judiciales o medios informativos. Por este motivo, Raphael reconoce que “hablaba de temas y cosas que no parecían mentira” (35).
El relato de Raphael (las pesquisas, el cotejo, los dilemas) es el contrapunto al del criminal. Françoise Perus, al estudiar el Contrapunteo del tabaco y el azúcar, de Fernando Ortiz, señala que “el contrapunteo […] ofrece un marco idóneo para mantener una visión de conjunto, para ubicar tensiones y contradicciones, y para detectar los momentos de ruptura” (174).
Otro aspecto dilemático de la novela son las impresiones de Raphael sobre los motivos de Mellado Cruz para hablar con él, por las indagaciones para corroborar, cuestionar o contextualizar lo escrito por el sicario, y por los dilemas que lo asediaron durante su relación con este criminal. Mellado Cruz lo contacta para contar su verdad puesto que alguien lo traicionó sin especificar nunca quién. Mientras Raphael escucha y lee lo relatado por el sicario es consciente de que Galdino lo manipulaba.
Era obvio que el universo de Galdino Mellado Cruz rebasaba mi capacidad de entendimiento. Desconocía el lenguaje y eso me inhabilitaba para penetrar las verdaderas intenciones de ese sujeto. Cada vez necesitaba de su condescendencia para comprender. Sin embargo, el Zeta 9 sabía que yo regresaría el siguiente miércoles. Lo sabía, así como Sherezada tuvo fe en que el sultán seguiría escuchándola cada noche. Galdino me estaba manipulando con sus historias, porque yo no quería perderme lo que faltaba por escuchar (Raphael 254).
Los relatos intercalados buscan extender ese interés en el lector. De igual forma que Raphael, el lector se ve envuelto en las redes del relato y los giros de la historia para continuar con la lectura. Asimismo, el lector se pregunta por qué continuar con la lectura. Ricardo Raphael, que se cuestionaba por qué escucharlo, se respondía que para comprender “las causas de tanta mortandad”, “cómo fue que, de la noche a la mañana, [los Zetas] se convirtieron en los sicarios más temibles del narcotráfico” y “¿cómo sucedió que este grupo contagió a otras mafias con sus métodos y sus prácticas?” (Raphael 35).
Entre la verdad y la mentira de Galdino Mellado Cruz, Raphael identificó dos motivos para proseguir con las entrevistas: “Si aquel sujeto era quien debía ser, el gobierno había montado una mascarada que […] quería denunciar. En caso contrario, si el interno de Chiconautla mentía, […] valía la pena el esfuerzo de visitarlo para averiguar las razones de su falsedad” (Raphael 35).
El relato de Mellado Cruz es complejo de interpretar porque entrelaza lo factual, lo ficticio y, muchas veces, lo incomprobable dada la carencia de evidencias, la secrecía informativa de las autoridades o la sistemática manipulación de la información de autoridades como de los propios criminales.
Complejiza los límites de lo real y de la ficción la misma construcción de la verdad oficial elaborada por las distintas instancias de gobierno, siempre propensas a manipular y esconder información. Además, los Zetas creaban campañas propagandísticas para distorsionar hechos e inculpar a grupos rivales: “el crimen contrata publicistas que, por medio del corrido, el rumor, las redes y los sitios de internet, son capaces de inventar casi cualquier cosa” (Raphael 35). Prevalece la incertidumbre sobre la veracidad de Mellado Cruz, pero también sobre “el comisionado nacional de Seguridad cuando afirmó que los peritos del gobierno identificaron ‘plenamente’ a Galdino Mellado Cruz” (Raphael 31). Versión puesta en duda en los archivos judiciales de Estados Unidos, en los que, un año después, consta que un fiscal poseía pruebas de que Mellado Cruz continuaba con vida (Raphael 33).
Circunstancias similares persisten en la captura y muerte de otros Zetas. Raphael piensa que “es extraña la manera en cómo algunos de sus líderes fueron abatidos y luego sus restos desaparecieron, haciendo imposible validar su identidad” (35). Raphael lleva al lector entre una telaraña de verdades a medias, encubrimientos, simulaciones y verdades. Pese a lo laberíntico, acercarse a Mellado Cruz, dice Raphael, podía ayudarle a “comprender el origen de la guerra y también las causas de tanta mortandad” (35).
“Comencé a preguntarme sobre el origen
de mi violencia”
Tanto los testimonios como los “apuntes” del Zeta 9 conforman un texto autobiográfico que abarca desde la infancia en el barrio de Tepito, Ciudad de México, el supuesto internamiento en un orfanato, la instrucción militar, la muerte “oficial” a manos de la policía federal y la Marina, la supervivencia a la tortura por parte de la Familia Michoacana, hasta la época en que cumple la sentencia en el penal de Chiconautla bajo la identidad de Juan Luis Vallejos de la Sancha. Mientras narra su vida, bosqueja la biografía colectiva de los Zetas, la estructura de la organización y la forma de operación, las atrocidades cometidas en todo el territorio nacional y la supuesta muerte o captura de cada fundador.
Según la versión oficial, Mellado Cruz fue abatido en Reynosa, Tamaulipas, en el 2014 (Raphael 27). Quien dice ser el Zeta 9 ingresó en Chiconautla con el nombre de Juan Luis Vallejos de la Sancha. Otro alias de Mellado Cruz es José Luis Ríos Galeana (Raphael 41). Cabe resaltar que el progenitor de Galdino Mellado, presunto lugarteniente de un criminal como Alfredo Ríos Galeana, también se movía con varias identidades. Con tantos sobrenombres, Raphael tenía la sensación de estar entrevistando a una “manada y no a un individuo” (Raphael 373).
En esta trayectoria, la pedagogía de la crueldad es clave para entender la extensión y la perpetuación de la violencia extrema en México. Resulta indudable la formación criminal de generación en generación. Según Mellado Cruz, fue formado por su padre y amistades como Rios Galeana, por cierto, otro exmilitar inmerso en el mundo delincuencial a finales de los setenta y principios de los ochenta. Otro insumo educacional provino de militares en academias de Estados Unidos. Uno más es ubicable en la práctica y estrategia Zeta de sembrar miedo por donde pasaran. Así, los Zetas definieron los parámetros de actuación de otras asociaciones criminales nacionales como regionales.
De la trayectoria criminal de los Zetas, desde la perspectiva de Mellado Cruz, podemos inferir que otra causa de violencia actual parte no del sexenio de Calderón Hinojosa, sino del sexenio de Ernesto Zedillo Ponce de León, cuando su administración envío a un grupo élite de soldados a capacitarse al Fuerte Hood, en Estados Unidos, y, posteriormente, cuando les encomendó a esos jóvenes militares la representación regional de la policía judicial federal en varios municipios de Tamaulipas, donde los reclutó Osiel Cárdenas Guillén.12 Para 1999 comenzaron a recibir tres salarios: “Como militares nos pagaban unos treinta mil pesos al mes, la Procuraduría nos daba otros treinta y tantos mensuales, y Osiel los ciento veinte mil que nos prometió” (186). Así, los presuntos responsables de combatir el narcotráfico se convirtieron en lugartenientes de Cárdenas Guillén bajo una encomienda: “sembrar miedo por todas partes […] que los Zetas sean muy temidos” (274)
La visión de los perpetradores ayuda a descifrar cómo se extiende socialmente la violencia. Para Sergio Aguayo importa conocer la “lógica de los perpetradores” porque cuando “entendamos a los violentos y el respaldo que tienen de la sociedad, será posible disminuir el número de víctimas” (En el desamparo 33). Para Enrique Díaz Álvarez este tipo de enfoques evitan:
caer en la vieja tentación de hacer pasar a sujetos que matan y torturan, a los ya vencidos, como lobos solitarios o psicópatas monstruosos. Tampoco en apresurarse a presentarlos como simples piezas de un sistema porque de hacerlo se eximiría de facto toda responsabilidad moral y jurídica a una serie de criminales que se aprovechan de la red de complicidades y de la impunidad galopante de un país como México (306).
En esta línea, Dulcinea Tomás Cámara subraya que la óptica del perpetrador expone “la banalidad del mal” o bien la “didáctica de la perversión”, es decir, “la cadena de hechos coyunturales y procesos de obediencia que convierten a una persona aparentemente ordinaria en un agente extraordinariamente destructivo” y, en última instancia, contribuye a recusar la idea popular del “mito del Mal puro” (82).
El mito del mal puro resulta tan dañino como las narrativas idólatras, maniqueas o glorificadoras de los capos que leemos o vemos en las series de televisión, o como las narrativas oficiales orientadas a crear la imagen del enemigo al cual hay que combatir, o el imaginario social que señala a la guerra contra el narco como la causa. Estas narrativas, coincidimos, dificultan “averiguar las razones que llevan a tantos jóvenes mexicanos a enrolarse a esas máquinas de guerra […] la pobreza por sí sola no explica el deseo y la crueldad patológica que se despliega a lo largo del país” (Díaz Álvarez 287).
Conclusiones
Resultado de una investigación documental profunda y del testimonio de un sicario Zeta, Ricardo Raphael, en Hijo de la guerra, nos presenta la perspectiva del victimario y el papel que jugó el ejército mexicano como el gobierno estadounidense en la formación de un grupo de élite militar que terminó por desertar y extender el horror por donde pasaron.
Como literatura posautónoma, esta novela rebate los paradigmas del autor, el lector y el sentido. Mellado Cruz y Raphael comparten la autoría. Los relatos intercalados de cada uno de ellos crean un contrapunto que contribuye a configurar en el lector una imagen del conjunto, “para ubicar tensiones y contradicciones” (Perus 174). El lector es exigido porque al tiempo que alimenta su interés por desentrañar la trama, al hilo de Sherezada, cuestiona la pertinencia de leer sobre la vida de un sicario y las circunstancias sociales y políticas que permiten su actuación. El sentido de esta novela contraviene el de la literatura autónoma y, en específico de la literatura de la violencia destinada a regular las pulsiones violentas de los jóvenes, como advirtió el historiador francés Robert Muchembled respecto a la literatura ficcional de la violencia que en Europa sirvió para “pacificar las costumbres de los varones púberes ofreciéndoles la válvula de escape” (302).
Esta literatura de la violencia extrema lejos está de alcanzar tales objetivos. Emanada como propuesta de interpretación de hechos tan trágicos como históricos, busca más bien aportar elementos de comprensión, denunciar la corrosión institucional, exponer las complicidades criminales e institucionales, restituir la identidad de las víctimas y, en el caso específico, de Hijo de la guerra configurar una visión holística que contribuya a reconocer que la violencia padecida en México es resultado de una compleja serie de fenómenos interrelacionados y no sólo producto de una fallida política contra el crimen organizado. La guerra contra el narco explica un repunte en el número de homicidios a partir del 2007, pero no explica cómo y por qué la crueldad se ha extendido y reproducido en un número incierto de personas, la gran mayoría jóvenes, cómo se ha propagado la violencia “en diversas direcciones y variedad de intensidades y formas” (Gerlach 16). Cómo es que cárteles y paramilitares durante años han sumado miles de integrantes dispuestos, convencidos y obligados a cometer aberraciones homicidas en contra de decenas de personas.
Finalmente, bastaría agregar que Hijo de la guerra, en la medida en que sigue el itinerario íntimo y social de un criminal, deja entrever la forma en que somos parte de esta trama de horror en un sentido tan profundo como inconsciente. Como bien advierte Christian Gerlach, el Estado “es parte de la sociedad y refleja las reglas y normas de ésta, o las de los grupos más poderosos […] y los funcionarios también son ciudadanos con sus propios programas y juicios, lo que significa que no son simples artefactos que llevan a cabo la política del gobierno tal como fue formulada” (18).
Referencias
Aguayo, Sergio. En el desamparo. Los Zetas, el Estado, la sociedad y las víctimas de San Fernando, Tamaulipas (2010) y Allende, Coahuila (2011). El Colegio de México, 2016.
Díaz Álvarez, Enrique. La palabra que aparece. El testimonio como acto de supervivencia. Anagrama, 2021.
Gerlach, Christian. Sociedades extremadamente violentas. La violencia en masa en el mundo del siglo xxi. Fondo de Cultura Económica, 2015.
Hernández Quezada, Francisco Javier y Julián Beltrá. “‘La hora del enfrentamiento’: Laberinto (2019), de Eduardo Antonio Parra”. Literaturas y discursos sobre la violencia en el norte de México. Universidad Autónoma de Baja California, 2021, pp. 69-80.
Hilberg, Raul. Ejecutores, víctimas y testigos. Arpa, 2022.
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1 Por ejemplo, novela del narco, así como literatura sobre personas desparecidas, feminicidios, secuestros, procesos judiciales corruptos o masacres y genocidios.
2 Muchas de estas obras combinan la investigación documental con la ficción y géneros discursivos como el periodismo, la crónica, la historia, la sociología, la poesía, el ensayo, el testimonio y la narrativa de tal manera que ocupan una posición liminar en la literatura.
3 Las tierras arrasadas (2015), de Emiliano Monge; A veces despierto temblando (2022), de Ximena Santaolalla; La tropa. Por qué mata un soldado (2019), de Daniela Rea y Pablo Ferri, y Un sicario en cada hijo te dio. Niñas, niños y adolescentes en la delincuencia organizada (2020), de Saskia Niño de Rivera, et al.
4 2666 (2004), de Roberto Bolaño, que incluye “La parte de los crímenes” sobre los feminicidios en Santa Teresa, un trasunto de Ciudad Juárez.
5 Antígona González (2012), en la que Sara Uribe aborda el tema de los desaparecidos y las mujeres buscadoras.
6 Entre ellas podemos mencionar; Las tierras arrasadas (2015) y La fila india (2013), novelas en las que Emiliano Monge y Antonio Ortuño, respectivamente, que encaran la trata y las masacres cometidas en contra de migrantes centroamericanos.
7 Sobre la desaparición y masacre de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos se han publicado narrativas como Ayotzinapa. La travesía de las tortugas (2015) de Mónica Ocampo, et al.; Una historia oral de la infamia (2016) de John Gibler; y los Procesos de la noche (2017), de Diana del Ángel, entre otras.
8 En El deshabitado (2016), Javier Sicilia, en El invencible verano de Liliana (2021), Cristina Rivera Garza y en La muerte no es todavía una fiesta (2018), Mirta Luz Pérez Robledo, nos aproximan al dolor y al amor, la pérdida y la memoria, al duelo y la injusticia sufridas por el secuestro y asesinato de un hijo (Juan Francisco), el feminicidio de una hermana (Liliana) o el homicidio de una hija defensora de los derechos humanos (Nadia Vera), respectivamente.
9 En Una novela criminal (2018), Jorge Volpi, y en Fabricación (2025), Ricardo Raphael, exponen la corrupción y los intereses políticos nacionales e internacionales en torno a dos casos para inculpar a presuntos secuestradores.
10 Masacres en poblaciones como Ciudad Mier y Allende han sido representadas en Laberinto (2019), de Eduardo Antonio Parra, y en Toda la soledad del centro de la tierra (2019), de Luis Jorge Boone.
11 Según dos versiones, el nombre proviene de la clave de identificación utilizada entre ellos: la letra Z seguido de un número: Germán Decena era el Z-1, por ejemplo (Sánchez Valdés y Pérez Aguirre 19). No obstante, la versión del Zeta entrevistado por Ricardo Raphael, señala que el nombre hace referencia al color “azul zeta” del uniforme militar de gala que tenían los GAFE sin que el número implique una jerarquización (Raphael 92).
12 Mellado Cruz detalla que a “Lazcano lo ubicaron en Ciudad Victoria, a Rejón y a mí nos enviaron a Reynosa, al Hummer lo mandaron a Matamoros, Decena fue a Tampico, Guerrero a Ciudad Mier y Betancourt a Miguel Alemán” (Raphael 134).