¿De qué hablamos cuando hablamos
de la historia?
Esbozo de una fenomenología
de las narrativas
What are we talking about when we talk
about history?
An outline of phenomenology of narratives
Rubén Sánchez Muñoz
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, México
ruben.sanchez.munoz@upaep.mx
Yassir Zárate Méndez
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, México
yassirzaratemendez@gmail.com
Resumen: Uno de los problemas que conciernen tanto a filósofos como a historiadores podría formularse de esta manera: ¿cuál es nuestra relación con la historia? Pero la tarea del filósofo y la del historiador ante este problema es diferente. En este trabajo nos proponemos desarrollar una serie de intuiciones acerca de la experiencia de la historia desde un enfoque fenomenológico. ¿Cómo es nuestra experiencia de la historia? Lo que vamos a defender es que la experiencia de la historia forma parte de nuestro modo de ser y que nuestra vida cotidiana se despliega en un horizonte histórico. Este horizonte es intersubjetivo, es decir, social, y en él se entrelazan diversas generaciones que se dejan motivar e influir unas por otras. Defendemos que el estudio de la historia no tiene como finalidad comprender el pasado, sino el presente, y para ello las narrativas ocupan un lugar central.
Palabras clave: historia, tiempo, narrativa, experiencia, intersubjetividad.
Abstract: One of the problems that concern both philosophers and historians could be formulated in this way: what is our relation to history? But the task of the philosopher and that of the historian in the face of this problem is different. In this paper we propose to develop a series of intuitions about the experience of history from a phenomenological approach. What is our experience of history like? What we are going to defend is that the experience of history is part of our way of being and that our daily life unfolds in a historical horizon. This horizon is intersubjective, that is to say, social, and in it different generations are intertwined, allowing themselves to be motivated and influenced by one another. We argue that the study of history is not about understanding the past, but about understanding the present, and narratives are central to this.
Keywords: History, Time, Narrative, Experience, Intersubjectivity.
Recibido: 10 de febrero de 2025
Aceptado: 10 de marzo de 2025
Doi: 10.15174/rv.v18i37.838
Todo es presencia,
todos los signos son este Presente.
Octavio Paz
El tiempo: sus pirámides de incontables arenas,
la mano que escribe en el polvo,
el libro que no puede leerse,
la vigilia y el sueño.
“El inmortal”, Jorge Luis Borges
Introducción
¿Qué ocurre cuando expresamos oralmente o por escrito el término historia? ¿Qué despierta en nuestro(s) interlocutor(es) o en nosotros mismos? ¿Cuáles elementos entran en juego? ¿Qué papel desempeña el tiempo en este entramado? ¿Qué correspondencia tiene la historia con el relato? ¿Cómo podemos identificar y definir a un hecho histórico? ¿De qué hablamos cuando hablamos de la historia? En las siguientes páginas trataremos de dilucidar estas cuestiones, asumiendo que ninguna respuesta puede ser definitiva, sino un mero atisbo que invita a seguir el camino de la disquisición. El método que vamos a seguir es el fenomenológico. La fenomenología interroga el fenómeno de la historia, como indica David Carr, para comprender “cómo se da, cómo entra en nuestra experiencia, y cómo es nuestra experiencia de ella” (Experiencia e historia 17). Y por esta razón, continúa el filósofo, al fenomenólogo le interesa la historia no para saber, o dar por hecho en un primer momento, ¿qué es la historia?, sino para preguntarse cómo entra a formar parte de nuestra vida, cómo se nos aparece, y qué experiencias o vivencias tenemos de ella, en otras palabras, para comprender su sentido.
A la fenomenología genética, que es el enfoque de este trabajo, le interesa la situación temporal en la que se encuentra el sujeto. Desde el punto de vista de la historia, la fenomenología genética estudia la génesis a partir de la cual se constituyen los objetos, los estilos de vida y las instituciones, etc., esto es, cómo se constituye la propia subjetividad en el mundo, y muestra, a partir de preguntas retrospectivas, el desarrollo temporal de la vida. El mundo de la vida (Lebenswelt), como mundo cultural, es también histórico y se despliega en un horizonte temporal en el que los estilos de vida, los modos de ser y actuar quedan sedimentados en la conciencia a partir de un acto originario. Si la fenomenología estática analiza la vida trascendental como algo acabado, a la fenomenología genética le interesa el proceso histórico y los distintos momentos de despliegue por los que transita (véase Walton 2019).
La tesis que vamos a defender es que la historia no está detrás, en el pasado, sino que forma una red de significados (o acontecimientos) en la que estamos entrelazados intersubjetivamente, de forma tal que la experiencia de la historia forma parte de nuestro modo de ser y estar en el mundo de la vida. Llevamos la historia a cuestas. A su vez, defendemos que el objetivo de la historia no es comprender el pasado, sino que su tarea fundamental es darle un sentido al presente. Quien conoce la historia puede conocerse a sí mismo, porque nuestra vida tiene un horizonte histórico tanto biográfico como intersubjetivo que abarca a las generaciones del presente y del pasado (y más aún las que están por venir). No han sido pocos los autores que brindan indicaciones valiosas para este trabajo, por lo que, por fines metodológicos, debemos limitarnos a unos pocos. En otro trabajo discutiremos otras perspectivas.
¿Esto verdaderamente ocurrió?
Para introducirnos, entonces, a los problemas que el enfoque fenomenológico expone, vamos a empezar con el análisis de un retrato del pasado, una parte de la historia de la Conquista (y por tanto de la historia de México). ¿Cómo podemos saber si algo que se cuenta “realmente” ocurrió? Uno de los problemas consiste en saber qué puede significar la palabra “realmente”, y por tanto cómo distinguir la historia de la ficción. ¿Por qué la historia no se reduce a la literatura (al cuento o la novela, por ejemplo)? Existen novelas históricas, ciertamente: ¿qué hace que siendo novelas no sean sólo ficción? ¿Qué valor pueden tener los hechos históricos y relatos, o sea las narrativas, para la constitución y la comprensión de la historia? A nuestro juicio la realidad de los acontecimientos históricos descansa en su narratividad: son realidades vividas, humanas, posibles de contar y socializar. Dan cuenta de la vida humana en su paso por el tiempo.
Una de las preguntas que sale a relucir tarde o temprano a quienes se interesan por la historia es la relacionada con la verdad de los acontecimientos. ¿Los sucesos tuvieron lugar como se dice que ocurrieron? Puede haber varias posibilidades de respuesta y varias versiones de un mismo hecho, y lo que preocupa al agente epistémico interesado por el acontecer histórico tiene que ver con la verdad o la falsedad del relato. El problema no es que haya muchos relatos, sino que haya contradicciones. Preocupa, además, la posibilidad de que dicho relato quede, por decirlo así, contaminado y manipulado, puesto al servicio de una ideología o por un grupo de poder (Villoro 45).
Una forma posible de enfrentar este problema tiene que ver con un aspecto fundamental del mundo de la vida histórico, a saber: que este mundo en que vivimos lo hacemos de manera intersubjetiva. Esta intersubjetividad está entrelazada de muchas maneras. Y una de ellas concierne a la estructura narrativa de la vida en su dimensión histórica. Esto es, la intersubjetividad no se refiere única y exclusivamente a los sujetos (o agentes epistémicos) que son nuestros contemporáneos y los cuales pertenecen no sólo a distintas culturas y generaciones (Embree 27-50), sino también a distintas épocas del pasado (Waldenfels 267-286). No. La intersubjetividad se extiende también temporalmente al pasado (y se proyecta a su vez hacia el futuro). Prueba de ello es que lo que somos ahora, aunque depende en gran medida de nuestras decisiones y acciones, a su vez, depende y ha sido posible gracias a las decisiones y acciones de los otros en el pasado. Porque ellos decidieron hacer o no hacer algo, luego pasaron otras cosas. Por ello, “La vida de la conciencia pierde toda consistencia y hasta su mismo sentido de ser cuando se la abstrae de la co-humanidad que conlleva” (Illescas 17).
Puesto que el contar historias forma parte de la vida (la vida es un relato, de ahí la importancia de la biografía), y estas narrativas son de vital importancia para el estudio de la historia, hagamos un breve ejercicio de imaginación estimulada por la narratividad de la historia. Pero antes observemos que algunos personajes que estaban “haciendo la historia” en su momento hicieron (y legaron) un relato de la misma. Las Cartas de relación de Hernán Cortés, La historia verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo o la Historia general de las cosas de Nueva España de Bernardino de Sahagún, tanto como la Visión de los vencidos que recoge Miguel León Portilla, nos dan acceso al punto de vista “personal” de personajes que estaban actuando, haciendo y padeciendo historia (pero, podríamos decir, sin ser conscientes de ello, puesto que no sabían qué pasaría después). Sus crónicas o narrativas son importantes para conocer lo que “les pasó”, y, por tanto, lo que les pasó a grupos, a comunidades, a países y a la humanidad misma por el modo como el descubrimiento del Nuevo Mundo impactó en las otras naciones. Pero lo que llamamos historia puede descomponerse en sus partes, y sus partes son “las historias” (véase Illescas 2016). Lo que llamamos historia es el conjunto de las historias, de las perspectivas de actores individuales, o de individuos que representan a los grupos y hablan en su nombre. Habla o escribe un individuo que forma parte de un grupo. Habla y actúa por ellos. De modo tal que en los relatos hay un horizonte intersubjetivo, es decir, intercomunitario, intergeneracional e inclusive intercultural. La interculturalidad no es un fenómeno nuevo; lo es como objeto de estudio, pero su presencia fenoménica se halla en todo proceso histórico que involucra el encuentro de unas culturas con otras. Es lo que Peter Burke llama hibridismo cultural (2010).
Visualicemos a un grupo formado por soldados castellanos, indios originarios de la isla de Cuba, otros más de ciertas localidades que formaban parte de lo que ahora llamamos Totonacapan, al menos un individuo originario de África, unas cuantas mujeres europeas, muchas mujeres de origen indígena –incluida una de nombre Marina, llamada así tras recibir el bautizo, requisito indispensable para ser entregada como esclava sexual a uno de los capitanes castellanos–, y al menos un par de religiosos, incluyendo a un “joven diácono originario de Écija” (Vega 75), de nombre Jerónimo de Aguilar, víctima de un naufragio ocurrido en 1512.
Estamos a principios de septiembre de 1519. La fecha exacta la desconocemos. ¿Pero acaso importa realmente? Este heterogéneo grupo deambula por el Altiplano Central en su camino hacia Tenochtitlan, y acaba de darse de bruces con una inmensa muralla. Muchos años después, Bernal Díaz del Castillo rememoraría el episodio con estas palabras:
Y desta manera caminamos obra de dos leguas y hallamos una fuerza bien fuerte hecha de calicanto y de otro betún, tan recio, que con picos de hierro era mala de deshacer; y hecha de tal manera, que para defensa y ofensa era harto recia de tomar. Y parámonos a mirar en ella, y preguntó Cortés a los indios de Zocotlán que a qué fin tenían aquella fuerza y hecha de aquella manera. Y dijeron que como entre su señor Montezuma y los de Tlaxcala tenían guerras a la continua, que los tlaxcaltecas para defender sus pueblos la habían hecho tan fuerte, porque ya aquella es su tierra (Díaz del Castillo 219).
Hernán Cortés, en su segunda “Carta de relación”, evoca el pasaje de una manera muy similar:
[H]allé una gran cerca de piedra seca, tan alta como estado y medio, que atravesaba todo el valle de la una sierra a la otra […] Preguntada la causa de aquella cerca, me dijeron que la tenía porque eran fronteros de aquella provincia de Tlaxcala, que eran enemigos de Mutezuma y tenían siempre guerra con ellos (Cortés 96-97).
Una tercera obra, la Historia de la conquista de México, escrita por el clérigo Antonio de Solís, también recoge el capítulo de la muralla defensiva levantada por los tlaxcaltecas, misma que servía de límite para la confederación. Así lo refiere el autor:
[Y] caminando entre dos montes, de cuyas faldas se formaba un valle de mucha amenidad, a poco más de dos leguas, se encontró una gran muralla, que corría desde el un monte al otro, cerrando enteramente el camino (Solís 322-323).
En un sentido algo tenue, quien escribe historia es Solís, al basar su narración en fuentes primarias, como son las crónicas escritas por Bernal Díaz del Castillo y Cortés. Marcados por el providencialismo, los dos soldados-cronistas son capaces de capturar en sus relatos la fuerza de los acontecimientos, pródigos en detalles y vívidos en la fábula, al ser participantes de los acontecimientos: ambos hicieron historia. A la luz del devenir, ese heteróclito grupo expedicionario estaba dando un nuevo rumbo al fluido de la historia de los grupos humanos con los que entraba en contacto, aunque de hecho no lo supieran. Su actuación se enmarcaba en un proceso más amplio, iniciado en 1492, que a su vez formaba parte de un flujo histórico previo, que ahora llamamos “expansión medieval de Europa” (Phillips 15), y que podría considerarse como el fundamento de la actual globalización: el pasado se encuentra en el presente.
Solís escribe historia, pero no la hace. Se muestra sosegado, prudente en la relación, aunque pulcro en los juicios; su fuente primaria son las Cartas de relación de Cortés. A diferencia de los dos soldados, el presbítero sabe que se dirige a un lector interesado en los hechos pretéritos: su escrito trata de explicar y darle un sentido a su actualidad; intenta presentar lo que verdaderamente ocurrió, esa aspiración reivindicada por la pléyade de historiadores germánicos decimonónicos, encabezados por Leopold von Ranke y que aspiraron a darle un cariz objetivo y científico a sus investigaciones (Edwrad Hallet Carr 11).
Las tres versiones se acomodan en la categoría de los textos de la Conquista, otro proceso histórico: Bernal y Cortés ofrecen su versión de los hechos, mientras que Solís se limita a recoger lo sucedido. Las tres son formas de hacer crónica, pero falta un paso para escribir historia. ¿Qué es lo que falta?
La elección del pasaje del “encuentro” con la muralla que delimitaba el territorio de la confederación tlaxcalteca obedece a una razón principal. Nos encontramos con sendos testimonios directos, de primera mano, resultado de una experiencia vivida, por tanto, de una experiencia que forma parte de la estructura de la realidad humana. En efecto, David Carr, lo describe de esta manera en Tiempo, narrativa e historia: “Las narrativas, sean estas históricas o ficcionales, no tratan en general acerca del mundo como tal, acerca de la realidad como un todo, sino que versan sobre, y pretenden representar, específicamente la realidad humana” (46). En este sentido, Bernal y Cortés, querían justificar su actuación, en función de las prebendas que esperaban obtener –que es el caso de Hernán Cortés– o de reivindicar su participación en la empresa y desmentir infundios sobre la misma –que es la intención de Bernal Díaz del Castillo al escribir su Verdadera historia de la conquista de la Nueva España.
Ahora echemos un vistazo a una cuarta versión del mismo episodio, esta vez por cortesía de Francisco López de Gómara: “Grandeza les pareció a nuestros españoles aquella pared tan costosa y fanfarrona, mas inútil y superflua, pues había cerca otros pasos para llegar al lugar, rodeando un poco” (130). En efecto, la narración de López de Gómara se ancla en una de las virtudes de los historiadores: trata de darle un sentido a las acciones pretéritas de los individuos que actuaron de forma colectiva; de paso, formula un juicio a partir de su experiencia de vida. “Necesitamos interpretar el pasado, no sólo presentarlo” (Arnold 20). Esa tarea trata de asumirla López de Gómara, quien intenta ir más allá de “lo que sucedió”, para darle un significado al acontecimiento. Esa idea la capta cinco siglos más tarde otro relato, escrito por el historiador británico Hugh Thomas. Veamos primero el núcleo descriptivo del pasaje:
Unos kilómetros al sur se enfrentaron a una muralla de casi tres metros de altura, 20 pasos de ancho y varios kilómetros a través del valle, de una cima de la montaña a otra; el muro tenía una puerta, pero, como en ciertas fortalezas renacentistas europeas, se tenía que doblar a la derecha al traspasarla. Se trataba de la frontera mexicana que el pueblo de Iztaquimaxtitlán había construido para protegerse de los tlaxcaltecas. (Thomas 273).
El pasaje es una calca de los relatos de Bernal y de Cortés; como Solís y López de Gómara, se basa en esas dos fuentes primarias. Ahora revisemos la parte valorativa que hace Thomas de aquella obra defensiva:
Los muros escaseaban en el México antiguo, y la barrera indicaba cuán feroces eran los sentimientos entre Tlaxcala y México. El lugar donde Cortés topó con el muro era probablemente Atotonilco. En opinión de los castellanos, la fortaleza era inútil. Quizá su uso fuese más simbólico que táctico; no obstante, en las guerras europeas los símbolos tenían también su importancia (el subrayado es nuestro) (Thomas 273).
Lo que en Bernal y Cortés es una sucinta descripción de un elemento (la muralla) habitual en sus andanzas guerreras, en Solís y López de Gómara se transforma en un artilugio inútil y casi sin sentido (“costosa y fanfarrona, inútil y superflua”), tomando como referencia las prácticas bélicas de los europeos de aquel entonces; en cambio, Thomas valora de una manera distinta, si bien a partir del contexto de aquella época, pero con la mirada del presente, añade un elemento esencial: el poder del símbolo. Esta es la idea que ahora tenemos de lo que es la historia.
El sentido y trascendencia de los acontecimientos históricos sólo se puede conocer de manera retrospectiva, como arguye David Carr en su libro Experiencia e historia (2017), pues es de este modo como puede evaluarse las consecuencias e implicaciones de los acontecimientos, es decir, el modo como influyó en las vidas de las personas (comunidades, pueblos, naciones, etc.). Pero que un hecho histórico pueda definirse en función de que marca un antes y un después, muestra que en su acontecer se da una ruptura temporal, esto es, marca un punto de inflexión en el cual la temporalidad vivida socialmente toma un nuevo curso y abre a un horizonte nuevo de expectativas. Para comprender la vida humana se necesita coherencia, la cual consiste en tres partes: valor, propósito y significado/importancia. El significado/importancia se relaciona con el pasado, pues sólo hasta después podemos saber qué fue importante; el valor se relaciona con el presente, pues desde ahí valoramos la realidad; y el propósito se relaciona con el futuro, pues es la proyección del presente. Esto es lo que sostiene David Carr en Tiempo, narrativa e historia (96). Villoro, por su parte, argumenta: “La historia intenta dar razón de nuestro presente concreto; ante él no podemos menos que tener ciertas actitudes y albergar ciertos propósitos; por ello la historia responde a requerimientos de la vida presente” (41).
La polisemia del término historia y el tiempo
El término historia en castellano posee varios significados. Por una parte, se refiere a un relato anecdótico, habitualmente ficticio, aunque también puede ser testimonio de un hecho ocurrido en la realidad. Se trata de una “sucesión de las acciones que constituyen los hechos relatados en una narración o en una representación” (Beristáin 148).
Este mismo sentido se conserva en el concepto de historia (ἱστορία) entendida como el “relato del pasado”; emparejada con esta noción, entendemos que la historia también son esos acontecimientos, dignos de ser recordados como auroralmente sentencia Heródoto. Al mismo tiempo, con el término historia se alude a la ciencia cuyo objeto de estudio es la dinámica presente-pasado, de la que hablaremos un poco más adelante. Así, en castellano, nos enfrentamos a una rocosa polisemia que suele contaminar las reflexiones sobre nuestro objeto de estudio.
A manera de contraste, vale apuntar que el inglés distingue conceptualmente entre los términos story y history; el primero alude a los relatos de ficción, aunque también se abre a la no ficción, mientras que el segundo se centra en los aspectos relacionados con lo que llamaremos la “ciencia de la interacción presente-pasado”. En alemán ocurre una situación similar. El término Geschichte es el más común y general para historia, ya que abarca tanto el pasado en sí como la disciplina académica que lo estudia. Por otra parte, en esa lengua nos encontramos con la palabra Historie, que tiene un carácter más formal y literario; ésta a menudo se usa en contextos académicos o para referirse a la historia como una narración o relato; dada su evidente raíz griega, se emparenta con la disciplina forjada por Heródoto, más acunada en la literatura. Por último, con el término Geschichtswissenschaft se alude al estudio académico de la historia, concepto cercano al de historiografía.
Al respecto, Manuel Cruz asienta que “Conviene, en primer lugar, distinguir la historia, entendida como la sucesión de los acontecimientos (res gestae), de la disciplina que estudia esta sucesión (estudium rerum gestarum). Una misma palabra designa la ciencia y su objeto” (Cruz 52). Una vez más, el mismo vocablo expresa dos realidades diferentes, aunque hermanadas, no exentas de cierta confusión.
Una cuestión fundamental en el campo de la historia lo representa el tiempo. San Agustín expone esta dificultad en sus Confesiones: “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé” (xi). Se debe distinguir entre al menos dos tipos de tiempo: el cosmológico, que hunde sus raíces en un evento que sigue siendo objeto de estudio; y el humano, que atañe a cada individuo, aunque tiene un innegable componente comunitario. Como advierte el historiador François Hartog: “Para los seres humanos, vivir siempre ha sido experimentar el tiempo (el subrayado es nuestro)” (Hartog 12). El autor refuerza esta idea, al acotar que en Occidente se encuentran dañadas y socavadas “las diferentes estrategias del dominio del tiempo […] comenzando por aquella que escindió a Cronos en tiempo de la naturaleza y tiempo de los seres humanos” (Hartog 14).
Paradójicamente, la meditación sobre el tiempo y su naturaleza se ha mantenido ajena a las reflexiones de los filósofos de la historia, como apunta Frank Ankersmit, quien señala que estos “apenas escriben acerca del problema del tiempo” (29). Sin embargo, es innegable que el tiempo es un componente indispensable en la comprensión de la historia. A final de cuentas, el presente sólo resulta comprensible a partir del pasado: da un sentido a un individuo, pero sobre todo a una colectividad (Villoro 37). Se trata de una historia intencional o bien de una historia del sentido que intenta preguntarse retrospectivamente por la génesis del sentido. En efecto, esta comprensión de la historia del sentido se da a través de la narrativa. Porque otros narran –como es el caso de Cortés y Díaz del Castillo–, tenemos acceso a una parte de los acontecimientos pasados. Mejor aún: tenemos acceso a sus vivencias, y gracias a sus narrativas podemos representarnos lo que pasó, lo que ellos vieron. David Carr defiende que “la forma narrativa no es un disfraz, sino la estructura inherente de la experiencia y la acción humanas” (Tiempo, narrativa e historia 86). Y que esta experiencia y acción tienen un sentido comunitario en la que el sujeto de la historia es la primera persona del plural, o sea: nosotros. De ahí que no todas las historias son de nosotros, unas son propias y otras más, ajenas. Con unas historias estamos entretejidos desde dentro y otras más aparecen con cierta lejanía, en otra parte, perteneciendo a otros. A través de la narrativa tenemos acceso a las vivencias ajenas y se nos abre en ello un horizonte de sentido por descubrir. La historia, más que una serie de acontecimientos externos o lejanos, es una red de acontecimientos que se hunden en la vida humana. En efecto, para la fenomenología de Husserl, por ejemplo, la historia parte de las redes intersubjetivas y culturales que se dan en la convivencia social (Illescas 35). Porque el mundo de la vida además de ser social es histórico, si bien se trata la mayoría de las veces de una historia escondida que exige un preguntar retrospectivo por la génesis de su sentido.
El mundo de la vida (Lebenswelt) en el que se despliega nuestra existencia personal, es intersubjetivo (es decir, social) e histórico. En el mundo en torno en el que nos encontramos aparecen otros sujetos que pertenecen a otras generaciones (Embree 47). Este mundo social en el que me encuentro con otros es social, no sólo porque en él me encuentro con los otros, sino porque se trata de un mundo que ha existido antes de mi nacimiento. Previo a mi llegada, mis predecesores ya habitaban en él y lo constituían con sus actos, pero, de la misma manera, este mundo social ya apunta y está integrado por nuestros sucesores (Walton 254-259).
Pues bien, en la experiencia que tenemos en la vida cotidiana la presencia del tiempo se manifiesta a través de las nociones de presente y pasado y, con autorización de Aristóteles, también del futuro. El estagirita especifica que el movimiento es la medida del tiempo y que cuando percibimos lo anterior y lo posterior, esto es, el pasado y el futuro, “entonces decimos que hay tiempo, porque esto es lo que es el tiempo: el número del movimiento según lo anterior y lo posterior” (Física 219a-220b). Estamos, por esta razón, atrapados en la tiranía del instante, pero sin llegar al extremo de habitar “un paisaje vacío y azotado por el viento que parece haber perdido cualquier rastro de temporalidad [...] Un mundo sin tiempo” (Rovelli 11).
Como advertían los historicistas cobijados por von Ranke, la irreversibilidad del tiempo nos lleva a suponer que el pasado es inamovible. Sin embargo, lo que escapaba a aquellos historiadores es que el presente acaba por convertirse en un diálogo necesario con el pasado, aunque forzosamente se trata de una conversación marcada por la colectividad. “El presente es un objeto social”, sentencia Hartog (12). En esta tesitura, la función de la historia consiste en hacer que el hombre pueda comprender la sociedad del pasado, e incrementar su dominio de la sociedad del presente (Edward Hallet 73). Esta es la ciencia de la interacción presente-pasado.
Es así como podemos coincidir con Manuel Cruz, quien sostiene de manera reiterada que “el pasado ha vuelto”, una tendencia que se acentuó hacia finales del milenio pasado, y que no fue otra cosa sino el hecho de que desde que tomamos conciencia de la dimensión histórica, de esta raíz en movimiento que es el flujo del espacio-tiempo, que parte de la nada y se extiende hasta la eternidad, en una mezcla entre la especulación cosmológica y el afincamiento teológico, asumimos que una respuesta a nuestra condición la encontramos en la historia, asumida como experiencia que, de acuerdo con David Carr, esta tiene tres posibles acepciones. Por un lado, puede ser la percepción de lo inmediato; una segunda idea permite identificar experiencias pasadas con las del presente, con el fin de construir una familiaridad con patrones; una tercera relaciona una exposición repetida, una acumulación de habilidad o conocimiento de ese dominio que proviene de esa exposición.
El relato histórico nos hace ver el paso del tiempo, despojado de cualquier intención aleccionadora o didáctica, aunque reveladora de nuestra naturaleza. Coincidimos con Luis Villoro, cuando afirma que “el interés por explicar nuestro presente expresa justamente una voluntad de encontrar a la vida actual un sentido” (48-49). Dicho de otra manera: a la pregunta sobre qué es la historia, podemos contestar que se trata de un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado (Edward Hallet Carr 40).
La fuerza del relato
La historia también es evidencia del vigor del relato. A partir de constructos narrativos ensambla nuestra realidad vivida. Seamos o no conscientes de la trascendencia del pasado, a final de cuentas lo que importa es el resultado de ese incesante devenir anclado en el mundo de la vida. Así, la historia es el relato vinculado con la dimensión espaciotemporal de una colectividad, se mantenga ésta o no en el presente. Pensemos, por ejemplo, en las ciudades-estado helenas o en Roma, la “Ciudad Eterna”; esos entes político-económicos desaparecieron, se hundieron en las profundas aguas del tiempo. Sin embargo, sobrevive parte de su herencia, convertida en legado vital. Este mismo ejercicio nos conduce a pensar en la historia como hija (o nieta, bisnieta, tataranieta, tomando en cuenta los distintos momentos o intereses de la historiografía) de aquellas investigaciones (historia) emprendidas por Heródoto hace más de dos milenios.
Ciertas maneras de escribir historia, es decir, de rememorar, recuperar, representar y actualizar el pasado, tienen una fuerte raigambre narrativa. Si nos asomamos a casi cualquier trabajo de investigación histórica, encontramos que básicamente se trata de una narración. Por lo tanto, obedece a la práctica del relato en su acepción más general y, en consecuencia, es susceptible de analizarla bajo esa luz. Al respecto, Walsh describe a la historia “como un relato significativo de acciones y experiencias humanas del pasado” (Walsh 84). Así, se actualiza la naturaleza narrativa de esta parcela del conocimiento humano, mostrando el vigor del relato que atraviesa casi cualquiera de nuestras actividades. Nuestras vidas son los ríos de historias que desembocan en el océano del relato, gracias al cual cobran sentido.
La estructura narrativa constituye la unificación de dos conjuntos: por un lado, la unidad de lo vivido con lo contado, por otro, la unidad de lo individual con lo social. La acción, vida y existencia histórica se estructuran en forma narrativa, independientemente de su presentación literaria, y esta estructura es práctica, antes que estética o cognitiva. En efecto, David Carr (Tiempo, narrativa e historia 189) se apoya en el concepto de narrativa para describir “nuestra forma de experimentar, de actuar y de vivir como individuos y como comunidades”, porque “se trata de “nuestra” manera de ser y de lidiar con el tiempo”. Paul Ricoeur sostuvo que “el tiempo se vuelve humano en la medida en que se articula a través de un modo narrativo” (véase Carr, Tiempo, narrativa e historia 186).
Sin embargo, a diferencia del relato de ficción, el histórico tiene como requisito indispensable un compromiso con la objetividad y la verdad. “La historia consiste en un cuerpo de hechos verificado”, expresa Edward H. Carr (12). Es así como el historiador tamiza hechos y documentos, con un ánimo selectivo, con la mira puesta en una interpretación de estos, de cara a una relación con el presente. Es un trabajo intelectual. Edward H. Carr también nos enseña que más allá de la maraña de documentos y archivos, se impone un ethos que hace del rigor una máxima para asumir la narración de los hechos, antepuesto al pathos y al logos.
Por lo tanto, el proceso de construcción del relato histórico implica una diégesis, que capta y expresa las acciones de las personas. Dichos actos, que ocultan o evidencian intenciones, nos llevan a preguntarnos por los intereses, propósitos, intenciones, deseos, anhelos y miedos de esos individuos en el seno de una colectividad, porque nuestra manera de ser y de lidiar con el tiempo es intersubjetiva (Carr, Tiempo, narrativa e historia 189). Si nos preguntamos, por ejemplo, ¿cuál es el origen de la geometría?, no podemos creer que la geometría, o cualquier otra actividad humana, han estado allí desde siempre. Dichas actividades tienen una historia y, por tanto, un origen (Cfr. Husserl 682-707). Por ello, necesariamente hablamos de grupos, entes socialmente articulados que transforman su entorno y se transforman a sí mismos. Las verdades y las objetividades que se van constituyendo a través del tiempo, se realizan en el seno de grupos. La historia la hacen colectividades, cuya conciencia de la historia es “la conciencia del cambio” (Heller 17). Pero este cambio remite, en un sentido genético, a un origen. “La historia, de acuerdo con Husserl, es la ciencia de la génesis de la humanidad personal (o espiritual), así como de su mundo de vida, que se ordena en dicha génesis” (Illescas 29). ¿Cómo debe entenderse entonces el mundo histórico? En palabras de Illescas “puede denominarse “mundo histórico” a la conexión viviente constantemente cambiante de sujetos singulares y colectividades en el incesante movimiento de la relatividad de un siempre nuevo sentido de mundo” (35).
¿De qué hablamos cuando hablamos de la historia?
Aunque las obras concretas (pensemos en la de López de Gómara, o en El otoño de la Edad Media, de Johan Huizinga, o en El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de Fernand Braudel, por citar un par de títulos representativos de la escuela de los Annales) sean el resultado del esfuerzo inquisitivo de un individuo –sea Heródoto, Tucídides, Plutarco, Tito Livio, Polibio, Flavio Josefo, por rememorar a los más ilustres historiadores de la Antigüedad occidental–, o Huizinga o Braudel, lo cierto es que ese individuo dialoga con y desde una colectividad (su clan, su gens, sus conciudadanos, sus paisanos de comarca, sus compatriotas, la humanidad entera). De ese diálogo se desprende la identificación de procesos, hechos, acontecimientos ocurridos en el pasado realizados por otros hombres o mujeres. Toda vivencia se relaciona con la historia, funciona como su testigo: “Se abre la posibilidad de considerar toda vivencia como una suerte de ‘testigo’ del pasado del que proviene y al cual necesariamente remite, ya que éste presenta indefectiblemente un cierto ‘estilo’, una orientación, tanto al presente como al porvenir que lo suceden” (Illescas 18-19).
Toda la vida está atada a una historicidad, que es la forma en la que nos relacionamos con las tradiciones históricas que nos rodean. Los individuos viven su vida unos con otros, son conscientes de que cada uno constituye una parte de un “nosotros”. El individuo aislado es una abstracción. Se es en el interior de una comunidad o grupo, y como tal, se participa de una tradición. El presente histórico es la síntesis de tales temporalidades individuales. Es decir, la experiencia singular se complementa o corrige por las percepciones ajenas de los mismos hechos, lo cual da pie a un pasado y presente comunitario. “Para poder hablar de un presente histórico propiamente dicho, se requiere además que en el ser uno-con-otro intersubjetivo sea aprehendido el propio pasado comunitario en cuanto tal, tanto como el co-presente y el futuro compartidos, todo ello desde lo que podría considerarse un presente social concreto y las modalidades temporales fluyentes que asimismo le pertenecen” (Illescas 21).
Llegados a este punto, nos parece conveniente destacar que de manera frecuente la historia se ha reducido a la cronología, al aprendizaje –de preferencia de memoria–, de fechas vinculadas con hechos y personajes puntuales: “20 de noviembre de 1910, inicio de la Revolución Mexicana”; “16 de septiembre de 1810, inicio de la Independencia de México”, etc. Y se ha interpretado la historia como una tensión entre el pasado y el presente y de un modo en el que se aleja las experiencias individuales de la historia misma, pasando por alto que estamos anclados en la historia, que ella misma está hundida, en una dialéctica de presencia y ausencia donde entra en juego lo familiar y lo extraño, lo cercano y lo lejano. Y por estas razones, la historia es una ciencia de la experiencia y el trabajo del historiador se realiza siempre desde el presente, por lo que es extensión de la experiencia, pasando de lo precientífico a lo científico. En otras palabras, las descripciones históricas son tematizaciones de experiencias históricas intuitivas (pretemáticas). Por otra parte, el historiador no trabaja con recuerdos, que son propios y cercanos; sino con representaciones, que son ajenas y lejanas. Aunque, sin embargo, estos son análogos, pues la representación usa la estructura del recuerdo para traer al presente algo no vivido por el historiador, lo representa como si lo recordara. De la misma manera, la historia desconocida (extraña) es análoga a un recuerdo olvidado, forma parte del pasado y lo ideal es recuperarlo para integrarlo a la historia conocida (familiar) (Illescas 43-47).
Concentrémonos en este último dato que aparece en cualquier guía cronológica de la historia de México. ¿En realidad la independencia política del entonces reino de la Nueva España comenzó aquella madrugada del domingo 16 de septiembre de 1810, tras el llamado que hizo uno de los cientos de sacerdotes criollos que había en el país, quien se encontraba inconforme con la situación política, económica y social que había a la sazón?
La historia de bronce, la “preferida de los gobernantes” (González 67), nos ha referido que aquella fecha es el punto de inflexión para este país, es más, la fecha se encuentra en el acta de nacimiento de México, dejando de lado a la otra acta, la redactada el 28 de septiembre de 1821, que trató de certificar, en cierto contexto político-jurídico, el cierre formal de un largo y sangriento proceso de alumbramiento del ente político que ahora conocemos como Estados Unidos Mexicanos, nombre oficial de este país.
Ahora reflexionemos sobre los acontecimientos aparentemente nimios de la vida cotidiana que podrían ascender a la categoría de hechos históricos, como plantea Edward H. Carr (16), cuando recoge el linchamiento de un vendedor ambulante en el pueblo inglés de Stalybridge Wakes en 1850. ¿Es ello un hecho histórico?, se pregunta David Carr sin ningún ánimo retórico. Tras una breve disquisición, acaba por reconocer que ese acontecimiento podría convertirse en un hecho histórico; en sí ya lo es, al recuperarlo y actualizarlo en un segmento de la trama del tiempo que toca la actualidad del historiador y de la sociedad en la que vive.
Un ánimo parecido podríamos encontrar en los afanes desplegados para entender la actuación de un molinero del siglo xvi de la región italiana del Friuli, quien fue perseguido y ejecutado por la Inquisición debido a sus ideas heterodoxas sobre la creación del mundo. En las profundas y anchurosas aguas del tiempo, hace 500 años navegó en el océano de la existencia un “minúsculo” individuo de nombre Domenico Scandella, conocido como Menocchio; cinco siglos después de su paso por la vida, el rastro que dejó de su existencia a través de documentos elaborados por la Inquisición italiana lo trajo de vuelta a la memoria de hombres y mujeres del siglo xx, a través de la investigación de Carlo Ginzburg; ese rastro quedó atrapado en El queso y los gusanos, piedra angular de la microhistoria.
La referencia nos permite percatarnos de una herramienta indispensable para la historia asumida como relato y representación del pasado, vital para traerlo al presente: el acervo documental almacenado en los archivos, en este caso, los de la institución religiosa encargada de preservar y defender la ortodoxia católica. Nos lo han dicho todos los historiadores: de Heródoto y Tucídides a White, Villoro, Rubial, Guedea, Polvo, León-Portilla y Edward H. Carr. Los documentos son esenciales. Sin ellos, caminaríamos por el sendero de la especulación. Haríamos cualquier cosa, menos historia. La historia es una investigación efectuada por el historiador y también una serie de acontecimientos del pasado que este investiga. No es un pasado muerto, sino vivo y presente; un pasado vivido traído a la presencia.
Reflexión
El borroso pasado, la dictadura del instante perpetuo, el inescrutable futuro. Estos son los tres elementos básicos de la historia: pasado, presente, futuro. Ayer el futuro era hoy. Hablamos de un puente muy extraño, pero cotidiano; ajeno y propio; distante y cercano. Nuestra percepción del tiempo, de esta corriente invisible en la que fluimos sin percatarnos del todo, se da a partir de una herramienta fundamental en nuestra configuración como personas: el lenguaje doblemente articulado.
En nuestro peregrinaje al pasado, caminando con el rostro vuelto –como Dante describía a los adivinos–, tanteamos el camino en busca de certezas. A veces damos con un recoveco, donde nos refugiamos aferrados a la frágil esperanza de la incertidumbre; pero también podemos entramparnos en un callejón sin salida: aunque sabemos que no tenemos a donde ir, nos adentramos hasta el fondo y caminamos en círculos, pensando que avanzamos hacia algún punto. Queda la historia, ese corpus encarnado en la experiencia colectiva, un puñado de vivencias y acontecimientos, resultado de procesos, con su coraza de tiempo, de memoria y de olvido, a cuestas de la palabra y del relato.
Conclusiones
A lo largo de este trabajo hemos querido mostrar, siguiendo el método fenomenológico, la importancia de la historia y sus conexiones con la vida. De acuerdo con nuestro análisis, el estudio de la historia es importante porque: 1) Somos sujetos históricos, es decir, nuestro modo de ser personal se teje en historias y relatos de lo que nos pasa, pero ello se hunde en un horizonte histórico más amplio que nos engloba; 2) El mundo de la vida, entendido como mundo social y cultural, es histórico e intersubjetivo. En él se entrelazan tanto intersubjetividad, como intergeneracionalidad e interculturalidad de un modo tal que unas influyen en otras, tejen redes no sólo de relatos sino también de motivaciones, obstáculos, problemas o soluciones y dan vida a nuevos estilos y formas de organización; 3) Que el estudio de la historia nos ayuda a comprender quiénes somos tanto de manera individual como grupal y, finalmente, 4) Que las narrativas forman parte del tejido de la historia, es decir, sabemos de las cosas del pasado por las crónicas o relatos que nos presentan historias contadas desde distintos puntos de vista individuales y grupales.
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